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Le cambie mi virginidad a mi abuelito por su casa

Hola soy Alejandra, tengo 27 años y quiero confesarles esto que pasó hace algunos años, lo he mantenido en secreto porque ya saben cómo es ser parte de una familia conservadora y de buenos principios, además, quiero aprovechar que hoy es el aniversario luctuoso de mi abuelito Manuel y quiero rendirle un pequeño tributo a su memoria.

Esto pasó cuando tenía 18 años, mi abuelito Manuel fue de visita una tarde y cogimos aprovechando que iba a su casa por las tardes, todo pasó sin poder evitarlo, él fue la unica persona normal en mi familia y me mostró un mundo lleno de placer que solo imaginaba en mis fantasías.

Como ya les dije, mi familia era súper conservadora, mi mamá no toleraba que nosotras anduviéramos como mis amigas con la ropa toda ajustada y enseñando de más, yo usaba faldas hasta la pantorrilla y blusas que parecían de señora, no usaba maquillaje más que un poco de rubor y si acaso, me ponía brillo labial, no podía ponerme sombras en los ojos ni enchinarme las pestañas, era inaceptable para mis padres.

A veces mis tíos nos visitaban y siempre nos hacían los típicos comentarios de que ya estábamos grandes, a mis hermanas y a mí nos chuleaban porque ya éramos unas mujercitas muy lindas, nosotras bajábamos la mirada y sonreíamos discretas, mi mamá nos miraba muy seria, y cuidado con decir algo o contestarles feo a mis tíos.

Mi abuelito materno era punto y aparte, siempre nos decia que parecíamos monjas al vestirnos de esa manera, regañaba a mi mamá porque las chicas de mi edad se vestían totalmente diferente y mi mamá las criticaba muy feo, casi siempre terminaban peleados y por alguna razón a nosotras nos castigaba sin salir por varias semanas.

Ya cuando cumplí los 18 años, mi abuelito nos dijo que ya era hora de rebelarnos, debíamos vivir la vida y no crecer de esa manera tan reprimida, claramente mi mamá nunca estuvo de acuerdo, nosotras no decíamos nada, ya sabíamos que si se enojaba, era no salir por varios días.

Una tarde, llegué de la escuela, mi abuelito estaba en el comedor platicando con mi mamá, lo saludé y mi mamá me dijo que me sentara a comer, él volvió a insistir, necesitaba que mi mamá fuera a ayudarle por las tardes a hacer sus terapias, ella le dijo que no podía porque apenas le alcanzaba el tiempo para hacer todas las cosas de la casa y debía atender la tienda de abarrotes que teníamos en la casa.

Yo comía callada escuchando la plática, mi mamá no toleraba que nos metiéramos en pláticas de adultos, mi abuelito se quedó callado unos minutos, le preguntó si alguna de nosotras podría ir a ayudarle, mi mamá soltó una carcajada y le dijo que ninguna de nosotras querría ir porque solo pensábamos en irnos con los muchachos.

En ese momento, no sé por qué, abrí la boca y les dije que yo iba sin problemas, mi mamá me echó su mirada intimidante y mi abuelito se emocionó, le dijo que me diera permiso, ya que a ella no le importaba su salud, mi mamá soltó un suspiro y me dijo que más me valia no salirle con que no entregaba las tareas por irme con el abuelo y que me quería en casa en punto de las 5 de la tarde.

Mi abuelito me dijo que me esperaba en su casa los martes y miércoles saliendo de la escuela, eran los días que su enfermera no podía ir, terminé de comer y subí a hacer mi tarea, unas horas más tarde, mi mamá subio a regañarme por andar de metiche.

Su carácter y su manera tan estricta de ser, me motivaban demasiado para aprovechar cualquier pretexto para salir de la casa, aunque casi siempre terminaba muy molesta por sus regaños, esta vez me sentí muy feliz porque por primera vez, no pudo hacer nada para evitar que me saliera con la mía.

Y llegó ese martes, salí de la escuela y me fui a la casa de mi abuelito, él vivía solito porque mi abuelita había muerto hace algunos años, todos mis tíos ya estaban grandes y lo visitaban cada que se acordaban de él, llegué y toqué a su puerta, salió a abrirme muy emocionado, entré a su casa que tenía un olor a medicamentos y colonia de señor.

Su terapia eran ejercicios en las piernas porque se cayó y se lastimó la cadera y la columna, a su edad ya le dolía todo, o al menos eso nos hacía pensar, él usaba un pants holgado y una playera muy grande, traía puestas sus pantuflas y tenía mojado el cabello, creo que había salido de bañarse.

Me explicó los ejercicios que tenía que hacer y de qué manera debía ayudarlo, en la sala tenía un tapete, dejé mi mochila en uno de los sillones en lo que él se acomodaba, me miró y me dijo que me quitara el suéter porque iba a empezar a sudar, yo solo sonreí y le dije que así estaba bien, mi negativa le dio lo mismo, me pidió acomodarme frente a él y levantar sus piernas poco a poco.

Me puse de rodillas frente a él y tomé sus tobillos, fui siguiendo sus indicaciones, tuve que ser muy cuidadosa porque empezó a gemir por el dolor, de pronto empezó a hablar de mi mamá, no entendía cómo es que era tan disciplinada con nosotras, yo le dije que nadie lo entendía, estuvimos viboreándola mientras hacíamos las diferentes rutinas.

Después de unos minutos, el sudor bajaba de mi frente, empecé a agitarme y me volvió a decir que me quitara el suéter, sentí que me iba a sofocar y me lo quité, pero al salir, se llevó el broche de mi cabello, al verme con el pelo suelto, se levantó de inmediato, me miraba muy serio, se acercó y me dijo que era el vivo retrato de mi abuelita.

Yo me quedé quieta, al verlo acercarse no supe qué hacer, estaba como ido, me abrazó y sin decir nada me dio un beso, traté de gritar, pero sus labios se abrieron para jugar con los mios, de a poco, esa sensación me gustó y correspondí, él me apretaba hacia su cuerpo, lo abracé y nos besamos como en las peliculas.

Pasaron unos minutos, no nos despegábamos, su lengua y la mía se entrelazaban, sus manos se aferraban a mi cintura y me pegaba su erección en el vientre, eso provocó que un delicioso calor empezara a recorrer mi cuerpo.

Sentí sus manos bajar a mi trasero para sobar mis nalgas, hasta ese momento solo mi novio me había tocado de esa manera, claro que se llevó una buena cachetada al hacerlo, pero con mi abuelito fue distinto, su manera de tocarme me gustó mucho.

Amasaba mis nalgas con cuidado, como si las fuera a romper, yo estaba parada de puntitas porque él era más alto, en ese momento, sentí que empezó a levantar mi falda, un mar de emociones me inundó la cabeza, quería pedirle que parara, pero no me salían las palabras.

Mi falda subio y sus manos tomaron mi culito envuelto en esas pantaletas de señora que mi mamá me obligaba a usar, sentir mi piel lo hizo levantarme, yo perdí cualquier impulso de detenerlo, me aferré a su cuerpo con manos y piernas, sentí sus dedos llegar a donde nadie me había tocado antes, mientras me pegaba a su bulto firme y duro.

Como pudo se sentó en un sillón, yo no me apartaba de su boca, sentí sus manos desabrochar mi blusa, instintivamente empecé a jalar su playera, nos quitamos las prendas casi al mismo tiempo, vi su pecho lleno de pelos plateados, mientras dejaba caer mi blusa.

Sus manos viejas tomaron mis tetas sobre el sujetador, nos mirábamos sin decir nada, pero al empezar a sobar mis pechos, empecé a jadear y pude ver ese fuego en sus ojos, no esperó y me quitó el brasier, mis pechos firmes brincaron liberados y nuevamente los atrapó con sus manos, el amplio suéter y mi blusa ocultaban mis tetas copa C.

Sus manos apretaban muy fuerte mis pechos, se acercó a mis pezones y empezó a chuparlos como un bebé recién nacido, yo cerré los ojos porque sentí como si por dentro, me conectaran unos cables por todo el cuerpo, para ese instante, mis pantaletas ya parecían un tobogán por todo el fluido que empapaba mi panocha.

Mi abuelo se estaba dando un festín con mis grandes tetas, yo no tenía idea de qué hacer, eso era lo más loco que había hecho hasta el momento, en medio de ese placer delicioso, mi celular empezó a sonar, volteé a la mesita y era mi mamá, sentí que me había descubierto, me levanté asustada sin decir nada, tomé mi ropa y corrí al baño a vestirme, no contesté la llamada.

Me puse la ropa y me miraba al espejo, me sentía culpable y empecé a juzgarme, en eso volvió a sonar mi celular, nuevamente era mi mamá, ahora sí contesté, empezó a regañarme porque no había contestado, yo quería llorar, pero me contuve, me dijo que no quería que llegara tarde y me pidió pasarle a mi abuelo, salí del baño y se lo pasé, de inmediato supuse que solo quería confirmar que estaba en su casa y que no me había ido de loca como solía decir.

Mi abuelito la regañó y colgó, me pidió sentarme con él en la sala, se sentó a mi lado y paternalmente me dijo que lo disculpara, perdió el control al verme con el cabello suelto, realmente sintió que yo era mi abuelita, me prometió que no iba a volver a pasar y me dijo que ya no tenía que ir a ayudarle, yo lo detuve y le dije que ambos habíamos cedido a nuestros impulsos y que de cierta manera, había gozado el momento.

Me miró sonriente, le dije que iría todo el tiempo a ayudarle, continuamos con los ejercicios y me fui a casa, todo el tiempo estuve recordando sus besos y sus caricias, que rico me hizo sentir al chuparme las tetas, mi hermana mayor llegó a casa del trabajo y fui a su recámara para pedirle consejo, ella era mi confidente y le tenía toda la confianza que a mi mamá no, obviamente, no podría ni siquiera mencionarle estos temas a mi mamá porque de inmediato supondría que ya andaba de puta.

Mi hermana me dijo que aún no debía tener relaciones porque estaba muy chica, pero si la situación se complicaba y no podía evitarlo, solo debía usar protección y gozar del momento, claramente, sin decirle nada a mi mamá porque me encerraría en mi recamara hasta los 40, sus palabras me dieron confianza y volví a mi recamara, me costó mucho trabajo dormir porque me puse muy caliente al recordar las caricias de mi abuelo.

Al día siguiente, llegué apurada a su casa, al entrar dejé mis cosas en el sillón, me quité el suéter y le pregunté si haríamos los mismos ejercicios, me dijo que ésta vez tocaba hacer otra rutina muy diferente, tenía una colchoneta sobre el piso en medio de la sala, se recostó y me indicó todo lo que debía hacer, pero lo sentí muy frío, como si estuviera evitándome.

Estaba segura de que ya no haríamos nada, al hacer los ejercicios pujaba y se quejaba, yo estaba de pie sosteniendo sus piernas y de vez en cuando me miraba, pude notar como su erección creció y de inmediato me pidió parar, yo me sonrojé y le dije que no se preocupara, me dijo que no estaba bien y trató de levantarse, pero su espalda le dolía y solo se lastimó al moverse rápido.

Le dije que no se moviera de esa manera porque solo se iba a lastimar, como le dolía mucho, le dije que se pusiera boca abajo y le ayudé a acomodarse.

Después me acomodé sobre de él y empecé a sobar su espalda, él no quería, pero al sentir mis manos frotar con cuidado su espalda, se relajó y me dejó hacerlo, de a poquito lo hice sentir mejor, al estar sobre de él, recordé como me tocaba y sin decir nada me quité la blusa y el sostén, él estaba totalmente relajado y no se dio cuenta.

Yo empecé a mover mi cadera por la calentura que ya me desbordaba, al sentir mis movimientos volteo y al verme con las tetas al aire trató de girar, pero tuvo que hacerlo con cuidado, tomé un cojín y lo puse bajo su cabeza, al tenerlo boca arriba, continúe frotando mi cadera sintiendo su bulto en mi cuquita, él me decía que no debíamos hacer eso, pero yo ya estaba fuera de control.

Tomé sus manos y las puse en mis tetas, empecé a dar brinquitos sobre su erección que ya estaba dura como piedra, él sobaba mis tetas tan rico que no resistí más y me levanté para jalar su pants hasta los tobillos, me quité las pantaletas y volví a montarlo, él tomó su miembro y lo acomodó en la entrada de mi concha que ya babeaba hambrienta.

Me fui dejando caer de a poco hasta que me penetró completamente, sentí su miembro abrirse paso dentro de mi cuquita apretada y virgen, al romper mi pureza se me salieron algunas lagrimitas, pero me quedé así hasta que el dolor pasó, empecé a moverme con cuidado, él me decía como hacerlo, tuve que ser cuidadosa, aunque el placer que sentía me incitaba a brincar sobre su miembro.

Empecé a gemir y a moverme más rápido, como si quisiera destrozar su cadera a sentones, ambos nos entregamos completamente y unos minutos después me llenó con su leche espesa, yo me sentí más mujer que nunca, como mi abuelito ya tenía la vasectomía no había problema en que se viniera dentro de mí.

Al terminar me levanté y corrí al baño a enjuagarme, esa tarde cogimos por primera vez, fue de una manera tranquila y sin poder alocarnos, pero cada semana iba a su casa y hacíamos cosas diferentes, él me enseñó a ser una buena mujer y aprendí a complacer a los hombres de muchas maneras, yo siempre fui obediente a sus enseñanzas, cogimos tantas veces que al entrar a la universidad ya era una experta y pude pasarla rico con muchos chicos.

Mi abuelito murió años después y me heredó su casa, ahora estoy felizmente casada y cada año le hago una misa para celebrar su vida y su memoria, mi mamá sigue siendo la misma señora santurrona y persignada de toda la vida, creo que nunca se enteró que cogí muchas veces con su papá, mi hijo mayor se llama Manuel en honor a mi abuelito, el primer hombre en mi vida.

Que tal les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.

(Nota la edad se cambió por el bien de la trama y el perfil)

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Le cambie mi virginidad a mi abuelito por su casa

Hola soy Alejandra, tengo 27 años y quiero confesarles esto que pasó hace algunos años, lo he mantenido en secreto porque ya saben cómo es ser parte de una familia conservadora y de buenos principios, además, quiero aprovechar que hoy es el aniversario luctuoso de mi abuelito Manuel y quiero rendirle un pequeño tributo a su memoria.

Esto pasó cuando tenía 18 años, mi abuelito Manuel fue de visita una tarde y cogimos aprovechando que iba a su casa por las tardes, todo pasó sin poder evitarlo, él fue la unica persona normal en mi familia y me mostró un mundo lleno de placer que solo imaginaba en mis fantasías.

Como ya les dije, mi familia era súper conservadora, mi mamá no toleraba que nosotras anduviéramos como mis amigas con la ropa toda ajustada y enseñando de más, yo usaba faldas hasta la pantorrilla y blusas que parecían de señora, no usaba maquillaje más que un poco de rubor y si acaso, me ponía brillo labial, no podía ponerme sombras en los ojos ni enchinarme las pestañas, era inaceptable para mis padres.

A veces mis tíos nos visitaban y siempre nos hacían los típicos comentarios de que ya estábamos grandes, a mis hermanas y a mí nos chuleaban porque ya éramos unas mujercitas muy lindas, nosotras bajábamos la mirada y sonreíamos discretas, mi mamá nos miraba muy seria, y cuidado con decir algo o contestarles feo a mis tíos.

Mi abuelito materno era punto y aparte, siempre nos decia que parecíamos monjas al vestirnos de esa manera, regañaba a mi mamá porque las chicas de mi edad se vestían totalmente diferente y mi mamá las criticaba muy feo, casi siempre terminaban peleados y por alguna razón a nosotras nos castigaba sin salir por varias semanas.

Ya cuando cumplí los 18 años, mi abuelito nos dijo que ya era hora de rebelarnos, debíamos vivir la vida y no crecer de esa manera tan reprimida, claramente mi mamá nunca estuvo de acuerdo, nosotras no decíamos nada, ya sabíamos que si se enojaba, era no salir por varios días.

Una tarde, llegué de la escuela, mi abuelito estaba en el comedor platicando con mi mamá, lo saludé y mi mamá me dijo que me sentara a comer, él volvió a insistir, necesitaba que mi mamá fuera a ayudarle por las tardes a hacer sus terapias, ella le dijo que no podía porque apenas le alcanzaba el tiempo para hacer todas las cosas de la casa y debía atender la tienda de abarrotes que teníamos en la casa.

Yo comía callada escuchando la plática, mi mamá no toleraba que nos metiéramos en pláticas de adultos, mi abuelito se quedó callado unos minutos, le preguntó si alguna de nosotras podría ir a ayudarle, mi mamá soltó una carcajada y le dijo que ninguna de nosotras querría ir porque solo pensábamos en irnos con los muchachos.

En ese momento, no sé por qué, abrí la boca y les dije que yo iba sin problemas, mi mamá me echó su mirada intimidante y mi abuelito se emocionó, le dijo que me diera permiso, ya que a ella no le importaba su salud, mi mamá soltó un suspiro y me dijo que más me valia no salirle con que no entregaba las tareas por irme con el abuelo y que me quería en casa en punto de las 5 de la tarde.

Mi abuelito me dijo que me esperaba en su casa los martes y miércoles saliendo de la escuela, eran los días que su enfermera no podía ir, terminé de comer y subí a hacer mi tarea, unas horas más tarde, mi mamá subio a regañarme por andar de metiche.

Su carácter y su manera tan estricta de ser, me motivaban demasiado para aprovechar cualquier pretexto para salir de la casa, aunque casi siempre terminaba muy molesta por sus regaños, esta vez me sentí muy feliz porque por primera vez, no pudo hacer nada para evitar que me saliera con la mía.

Y llegó ese martes, salí de la escuela y me fui a la casa de mi abuelito, él vivía solito porque mi abuelita había muerto hace algunos años, todos mis tíos ya estaban grandes y lo visitaban cada que se acordaban de él, llegué y toqué a su puerta, salió a abrirme muy emocionado, entré a su casa que tenía un olor a medicamentos y colonia de señor.

Su terapia eran ejercicios en las piernas porque se cayó y se lastimó la cadera y la columna, a su edad ya le dolía todo, o al menos eso nos hacía pensar, él usaba un pants holgado y una playera muy grande, traía puestas sus pantuflas y tenía mojado el cabello, creo que había salido de bañarse.

Me explicó los ejercicios que tenía que hacer y de qué manera debía ayudarlo, en la sala tenía un tapete, dejé mi mochila en uno de los sillones en lo que él se acomodaba, me miró y me dijo que me quitara el suéter porque iba a empezar a sudar, yo solo sonreí y le dije que así estaba bien, mi negativa le dio lo mismo, me pidió acomodarme frente a él y levantar sus piernas poco a poco.

Me puse de rodillas frente a él y tomé sus tobillos, fui siguiendo sus indicaciones, tuve que ser muy cuidadosa porque empezó a gemir por el dolor, de pronto empezó a hablar de mi mamá, no entendía cómo es que era tan disciplinada con nosotras, yo le dije que nadie lo entendía, estuvimos viboreándola mientras hacíamos las diferentes rutinas.

Después de unos minutos, el sudor bajaba de mi frente, empecé a agitarme y me volvió a decir que me quitara el suéter, sentí que me iba a sofocar y me lo quité, pero al salir, se llevó el broche de mi cabello, al verme con el pelo suelto, se levantó de inmediato, me miraba muy serio, se acercó y me dijo que era el vivo retrato de mi abuelita.

Yo me quedé quieta, al verlo acercarse no supe qué hacer, estaba como ido, me abrazó y sin decir nada me dio un beso, traté de gritar, pero sus labios se abrieron para jugar con los mios, de a poco, esa sensación me gustó y correspondí, él me apretaba hacia su cuerpo, lo abracé y nos besamos como en las peliculas.

Pasaron unos minutos, no nos despegábamos, su lengua y la mía se entrelazaban, sus manos se aferraban a mi cintura y me pegaba su erección en el vientre, eso provocó que un delicioso calor empezara a recorrer mi cuerpo.

Sentí sus manos bajar a mi trasero para sobar mis nalgas, hasta ese momento solo mi novio me había tocado de esa manera, claro que se llevó una buena cachetada al hacerlo, pero con mi abuelito fue distinto, su manera de tocarme me gustó mucho.

Amasaba mis nalgas con cuidado, como si las fuera a romper, yo estaba parada de puntitas porque él era más alto, en ese momento, sentí que empezó a levantar mi falda, un mar de emociones me inundó la cabeza, quería pedirle que parara, pero no me salían las palabras.

Mi falda subio y sus manos tomaron mi culito envuelto en esas pantaletas de señora que mi mamá me obligaba a usar, sentir mi piel lo hizo levantarme, yo perdí cualquier impulso de detenerlo, me aferré a su cuerpo con manos y piernas, sentí sus dedos llegar a donde nadie me había tocado antes, mientras me pegaba a su bulto firme y duro.

Como pudo se sentó en un sillón, yo no me apartaba de su boca, sentí sus manos desabrochar mi blusa, instintivamente empecé a jalar su playera, nos quitamos las prendas casi al mismo tiempo, vi su pecho lleno de pelos plateados, mientras dejaba caer mi blusa.

Sus manos viejas tomaron mis tetas sobre el sujetador, nos mirábamos sin decir nada, pero al empezar a sobar mis pechos, empecé a jadear y pude ver ese fuego en sus ojos, no esperó y me quitó el brasier, mis pechos firmes brincaron liberados y nuevamente los atrapó con sus manos, el amplio suéter y mi blusa ocultaban mis tetas copa C.

Sus manos apretaban muy fuerte mis pechos, se acercó a mis pezones y empezó a chuparlos como un bebé recién nacido, yo cerré los ojos porque sentí como si por dentro, me conectaran unos cables por todo el cuerpo, para ese instante, mis pantaletas ya parecían un tobogán por todo el fluido que empapaba mi panocha.

Mi abuelo se estaba dando un festín con mis grandes tetas, yo no tenía idea de qué hacer, eso era lo más loco que había hecho hasta el momento, en medio de ese placer delicioso, mi celular empezó a sonar, volteé a la mesita y era mi mamá, sentí que me había descubierto, me levanté asustada sin decir nada, tomé mi ropa y corrí al baño a vestirme, no contesté la llamada.

Me puse la ropa y me miraba al espejo, me sentía culpable y empecé a juzgarme, en eso volvió a sonar mi celular, nuevamente era mi mamá, ahora sí contesté, empezó a regañarme porque no había contestado, yo quería llorar, pero me contuve, me dijo que no quería que llegara tarde y me pidió pasarle a mi abuelo, salí del baño y se lo pasé, de inmediato supuse que solo quería confirmar que estaba en su casa y que no me había ido de loca como solía decir.

Mi abuelito la regañó y colgó, me pidió sentarme con él en la sala, se sentó a mi lado y paternalmente me dijo que lo disculpara, perdió el control al verme con el cabello suelto, realmente sintió que yo era mi abuelita, me prometió que no iba a volver a pasar y me dijo que ya no tenía que ir a ayudarle, yo lo detuve y le dije que ambos habíamos cedido a nuestros impulsos y que de cierta manera, había gozado el momento.

Me miró sonriente, le dije que iría todo el tiempo a ayudarle, continuamos con los ejercicios y me fui a casa, todo el tiempo estuve recordando sus besos y sus caricias, que rico me hizo sentir al chuparme las tetas, mi hermana mayor llegó a casa del trabajo y fui a su recámara para pedirle consejo, ella era mi confidente y le tenía toda la confianza que a mi mamá no, obviamente, no podría ni siquiera mencionarle estos temas a mi mamá porque de inmediato supondría que ya andaba de puta.

Mi hermana me dijo que aún no debía tener relaciones porque estaba muy chica, pero si la situación se complicaba y no podía evitarlo, solo debía usar protección y gozar del momento, claramente, sin decirle nada a mi mamá porque me encerraría en mi recamara hasta los 40, sus palabras me dieron confianza y volví a mi recamara, me costó mucho trabajo dormir porque me puse muy caliente al recordar las caricias de mi abuelo.

Al día siguiente, llegué apurada a su casa, al entrar dejé mis cosas en el sillón, me quité el suéter y le pregunté si haríamos los mismos ejercicios, me dijo que ésta vez tocaba hacer otra rutina muy diferente, tenía una colchoneta sobre el piso en medio de la sala, se recostó y me indicó todo lo que debía hacer, pero lo sentí muy frío, como si estuviera evitándome.

Estaba segura de que ya no haríamos nada, al hacer los ejercicios pujaba y se quejaba, yo estaba de pie sosteniendo sus piernas y de vez en cuando me miraba, pude notar como su erección creció y de inmediato me pidió parar, yo me sonrojé y le dije que no se preocupara, me dijo que no estaba bien y trató de levantarse, pero su espalda le dolía y solo se lastimó al moverse rápido.

Le dije que no se moviera de esa manera porque solo se iba a lastimar, como le dolía mucho, le dije que se pusiera boca abajo y le ayudé a acomodarse.

Después me acomodé sobre de él y empecé a sobar su espalda, él no quería, pero al sentir mis manos frotar con cuidado su espalda, se relajó y me dejó hacerlo, de a poquito lo hice sentir mejor, al estar sobre de él, recordé como me tocaba y sin decir nada me quité la blusa y el sostén, él estaba totalmente relajado y no se dio cuenta.

Yo empecé a mover mi cadera por la calentura que ya me desbordaba, al sentir mis movimientos volteo y al verme con las tetas al aire trató de girar, pero tuvo que hacerlo con cuidado, tomé un cojín y lo puse bajo su cabeza, al tenerlo boca arriba, continúe frotando mi cadera sintiendo su bulto en mi cuquita, él me decía que no debíamos hacer eso, pero yo ya estaba fuera de control.

Tomé sus manos y las puse en mis tetas, empecé a dar brinquitos sobre su erección que ya estaba dura como piedra, él sobaba mis tetas tan rico que no resistí más y me levanté para jalar su pants hasta los tobillos, me quité las pantaletas y volví a montarlo, él tomó su miembro y lo acomodó en la entrada de mi concha que ya babeaba hambrienta.

Me fui dejando caer de a poco hasta que me penetró completamente, sentí su miembro abrirse paso dentro de mi cuquita apretada y virgen, al romper mi pureza se me salieron algunas lagrimitas, pero me quedé así hasta que el dolor pasó, empecé a moverme con cuidado, él me decía como hacerlo, tuve que ser cuidadosa, aunque el placer que sentía me incitaba a brincar sobre su miembro.

Empecé a gemir y a moverme más rápido, como si quisiera destrozar su cadera a sentones, ambos nos entregamos completamente y unos minutos después me llenó con su leche espesa, yo me sentí más mujer que nunca, como mi abuelito ya tenía la vasectomía no había problema en que se viniera dentro de mí.

Al terminar me levanté y corrí al baño a enjuagarme, esa tarde cogimos por primera vez, fue de una manera tranquila y sin poder alocarnos, pero cada semana iba a su casa y hacíamos cosas diferentes, él me enseñó a ser una buena mujer y aprendí a complacer a los hombres de muchas maneras, yo siempre fui obediente a sus enseñanzas, cogimos tantas veces que al entrar a la universidad ya era una experta y pude pasarla rico con muchos chicos.

Mi abuelito murió años después y me heredó su casa, ahora estoy felizmente casada y cada año le hago una misa para celebrar su vida y su memoria, mi mamá sigue siendo la misma señora santurrona y persignada de toda la vida, creo que nunca se enteró que cogí muchas veces con su papá, mi hijo mayor se llama Manuel en honor a mi abuelito, el primer hombre en mi vida.

Que tal les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.

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Como ya les dije, mi familia era súper conservadora, mi mamá no toleraba que nosotras anduviéramos como mis amigas con la ropa toda ajustada y enseñando de más, yo usaba faldas hasta la pantorrilla y blusas que parecían de señora, no usaba maquillaje más que un poco de rubor y si acaso, me ponía brillo labial, no podía ponerme sombras en los ojos ni enchinarme las pestañas, era inaceptable para mis padres.

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Mi abuelito materno era punto y aparte, siempre nos decia que parecíamos monjas al vestirnos de esa manera, regañaba a mi mamá porque las chicas de mi edad se vestían totalmente diferente y mi mamá las criticaba muy feo, casi siempre terminaban peleados y por alguna razón a nosotras nos castigaba sin salir por varias semanas.

Ya cuando cumplí los 18 años, mi abuelito nos dijo que ya era hora de rebelarnos, debíamos vivir la vida y no crecer de esa manera tan reprimida, claramente mi mamá nunca estuvo de acuerdo, nosotras no decíamos nada, ya sabíamos que si se enojaba, era no salir por varios días.

Una tarde, llegué de la escuela, mi abuelito estaba en el comedor platicando con mi mamá, lo saludé y mi mamá me dijo que me sentara a comer, él volvió a insistir, necesitaba que mi mamá fuera a ayudarle por las tardes a hacer sus terapias, ella le dijo que no podía porque apenas le alcanzaba el tiempo para hacer todas las cosas de la casa y debía atender la tienda de abarrotes que teníamos en la casa.

Yo comía callada escuchando la plática, mi mamá no toleraba que nos metiéramos en pláticas de adultos, mi abuelito se quedó callado unos minutos, le preguntó si alguna de nosotras podría ir a ayudarle, mi mamá soltó una carcajada y le dijo que ninguna de nosotras querría ir porque solo pensábamos en irnos con los muchachos.

En ese momento, no sé por qué, abrí la boca y les dije que yo iba sin problemas, mi mamá me echó su mirada intimidante y mi abuelito se emocionó, le dijo que me diera permiso, ya que a ella no le importaba su salud, mi mamá soltó un suspiro y me dijo que más me valia no salirle con que no entregaba las tareas por irme con el abuelo y que me quería en casa en punto de las 5 de la tarde.

Mi abuelito me dijo que me esperaba en su casa los martes y miércoles saliendo de la escuela, eran los días que su enfermera no podía ir, terminé de comer y subí a hacer mi tarea, unas horas más tarde, mi mamá subio a regañarme por andar de metiche.

Su carácter y su manera tan estricta de ser, me motivaban demasiado para aprovechar cualquier pretexto para salir de la casa, aunque casi siempre terminaba muy molesta por sus regaños, esta vez me sentí muy feliz porque por primera vez, no pudo hacer nada para evitar que me saliera con la mía.

Y llegó ese martes, salí de la escuela y me fui a la casa de mi abuelito, él vivía solito porque mi abuelita había muerto hace algunos años, todos mis tíos ya estaban grandes y lo visitaban cada que se acordaban de él, llegué y toqué a su puerta, salió a abrirme muy emocionado, entré a su casa que tenía un olor a medicamentos y colonia de señor.

Su terapia eran ejercicios en las piernas porque se cayó y se lastimó la cadera y la columna, a su edad ya le dolía todo, o al menos eso nos hacía pensar, él usaba un pants holgado y una playera muy grande, traía puestas sus pantuflas y tenía mojado el cabello, creo que había salido de bañarse.

Me explicó los ejercicios que tenía que hacer y de qué manera debía ayudarlo, en la sala tenía un tapete, dejé mi mochila en uno de los sillones en lo que él se acomodaba, me miró y me dijo que me quitara el suéter porque iba a empezar a sudar, yo solo sonreí y le dije que así estaba bien, mi negativa le dio lo mismo, me pidió acomodarme frente a él y levantar sus piernas poco a poco.

Me puse de rodillas frente a él y tomé sus tobillos, fui siguiendo sus indicaciones, tuve que ser muy cuidadosa porque empezó a gemir por el dolor, de pronto empezó a hablar de mi mamá, no entendía cómo es que era tan disciplinada con nosotras, yo le dije que nadie lo entendía, estuvimos viboreándola mientras hacíamos las diferentes rutinas.

Después de unos minutos, el sudor bajaba de mi frente, empecé a agitarme y me volvió a decir que me quitara el suéter, sentí que me iba a sofocar y me lo quité, pero al salir, se llevó el broche de mi cabello, al verme con el pelo suelto, se levantó de inmediato, me miraba muy serio, se acercó y me dijo que era el vivo retrato de mi abuelita.

Yo me quedé quieta, al verlo acercarse no supe qué hacer, estaba como ido, me abrazó y sin decir nada me dio un beso, traté de gritar, pero sus labios se abrieron para jugar con los mios, de a poco, esa sensación me gustó y correspondí, él me apretaba hacia su cuerpo, lo abracé y nos besamos como en las peliculas.

Pasaron unos minutos, no nos despegábamos, su lengua y la mía se entrelazaban, sus manos se aferraban a mi cintura y me pegaba su erección en el vientre, eso provocó que un delicioso calor empezara a recorrer mi cuerpo.

Sentí sus manos bajar a mi trasero para sobar mis nalgas, hasta ese momento solo mi novio me había tocado de esa manera, claro que se llevó una buena cachetada al hacerlo, pero con mi abuelito fue distinto, su manera de tocarme me gustó mucho.

Amasaba mis nalgas con cuidado, como si las fuera a romper, yo estaba parada de puntitas porque él era más alto, en ese momento, sentí que empezó a levantar mi falda, un mar de emociones me inundó la cabeza, quería pedirle que parara, pero no me salían las palabras.

Mi falda subio y sus manos tomaron mi culito envuelto en esas pantaletas de señora que mi mamá me obligaba a usar, sentir mi piel lo hizo levantarme, yo perdí cualquier impulso de detenerlo, me aferré a su cuerpo con manos y piernas, sentí sus dedos llegar a donde nadie me había tocado antes, mientras me pegaba a su bulto firme y duro.

Como pudo se sentó en un sillón, yo no me apartaba de su boca, sentí sus manos desabrochar mi blusa, instintivamente empecé a jalar su playera, nos quitamos las prendas casi al mismo tiempo, vi su pecho lleno de pelos plateados, mientras dejaba caer mi blusa.

Sus manos viejas tomaron mis tetas sobre el sujetador, nos mirábamos sin decir nada, pero al empezar a sobar mis pechos, empecé a jadear y pude ver ese fuego en sus ojos, no esperó y me quitó el brasier, mis pechos firmes brincaron liberados y nuevamente los atrapó con sus manos, el amplio suéter y mi blusa ocultaban mis tetas copa C.

Sus manos apretaban muy fuerte mis pechos, se acercó a mis pezones y empezó a chuparlos como un bebé recién nacido, yo cerré los ojos porque sentí como si por dentro, me conectaran unos cables por todo el cuerpo, para ese instante, mis pantaletas ya parecían un tobogán por todo el fluido que empapaba mi panocha.

Mi abuelo se estaba dando un festín con mis grandes tetas, yo no tenía idea de qué hacer, eso era lo más loco que había hecho hasta el momento, en medio de ese placer delicioso, mi celular empezó a sonar, volteé a la mesita y era mi mamá, sentí que me había descubierto, me levanté asustada sin decir nada, tomé mi ropa y corrí al baño a vestirme, no contesté la llamada.

Me puse la ropa y me miraba al espejo, me sentía culpable y empecé a juzgarme, en eso volvió a sonar mi celular, nuevamente era mi mamá, ahora sí contesté, empezó a regañarme porque no había contestado, yo quería llorar, pero me contuve, me dijo que no quería que llegara tarde y me pidió pasarle a mi abuelo, salí del baño y se lo pasé, de inmediato supuse que solo quería confirmar que estaba en su casa y que no me había ido de loca como solía decir.

Mi abuelito la regañó y colgó, me pidió sentarme con él en la sala, se sentó a mi lado y paternalmente me dijo que lo disculpara, perdió el control al verme con el cabello suelto, realmente sintió que yo era mi abuelita, me prometió que no iba a volver a pasar y me dijo que ya no tenía que ir a ayudarle, yo lo detuve y le dije que ambos habíamos cedido a nuestros impulsos y que de cierta manera, había gozado el momento.

Me miró sonriente, le dije que iría todo el tiempo a ayudarle, continuamos con los ejercicios y me fui a casa, todo el tiempo estuve recordando sus besos y sus caricias, que rico me hizo sentir al chuparme las tetas, mi hermana mayor llegó a casa del trabajo y fui a su recámara para pedirle consejo, ella era mi confidente y le tenía toda la confianza que a mi mamá no, obviamente, no podría ni siquiera mencionarle estos temas a mi mamá porque de inmediato supondría que ya andaba de puta.

Mi hermana me dijo que aún no debía tener relaciones porque estaba muy chica, pero si la situación se complicaba y no podía evitarlo, solo debía usar protección y gozar del momento, claramente, sin decirle nada a mi mamá porque me encerraría en mi recamara hasta los 40, sus palabras me dieron confianza y volví a mi recamara, me costó mucho trabajo dormir porque me puse muy caliente al recordar las caricias de mi abuelo.

Al día siguiente, llegué apurada a su casa, al entrar dejé mis cosas en el sillón, me quité el suéter y le pregunté si haríamos los mismos ejercicios, me dijo que ésta vez tocaba hacer otra rutina muy diferente, tenía una colchoneta sobre el piso en medio de la sala, se recostó y me indicó todo lo que debía hacer, pero lo sentí muy frío, como si estuviera evitándome.

Estaba segura de que ya no haríamos nada, al hacer los ejercicios pujaba y se quejaba, yo estaba de pie sosteniendo sus piernas y de vez en cuando me miraba, pude notar como su erección creció y de inmediato me pidió parar, yo me sonrojé y le dije que no se preocupara, me dijo que no estaba bien y trató de levantarse, pero su espalda le dolía y solo se lastimó al moverse rápido.

Le dije que no se moviera de esa manera porque solo se iba a lastimar, como le dolía mucho, le dije que se pusiera boca abajo y le ayudé a acomodarse.

Después me acomodé sobre de él y empecé a sobar su espalda, él no quería, pero al sentir mis manos frotar con cuidado su espalda, se relajó y me dejó hacerlo, de a poquito lo hice sentir mejor, al estar sobre de él, recordé como me tocaba y sin decir nada me quité la blusa y el sostén, él estaba totalmente relajado y no se dio cuenta.

Yo empecé a mover mi cadera por la calentura que ya me desbordaba, al sentir mis movimientos volteo y al verme con las tetas al aire trató de girar, pero tuvo que hacerlo con cuidado, tomé un cojín y lo puse bajo su cabeza, al tenerlo boca arriba, continúe frotando mi cadera sintiendo su bulto en mi cuquita, él me decía que no debíamos hacer eso, pero yo ya estaba fuera de control.

Tomé sus manos y las puse en mis tetas, empecé a dar brinquitos sobre su erección que ya estaba dura como piedra, él sobaba mis tetas tan rico que no resistí más y me levanté para jalar su pants hasta los tobillos, me quité las pantaletas y volví a montarlo, él tomó su miembro y lo acomodó en la entrada de mi concha que ya babeaba hambrienta.

Me fui dejando caer de a poco hasta que me penetró completamente, sentí su miembro abrirse paso dentro de mi cuquita apretada y virgen, al romper mi pureza se me salieron algunas lagrimitas, pero me quedé así hasta que el dolor pasó, empecé a moverme con cuidado, él me decía como hacerlo, tuve que ser cuidadosa, aunque el placer que sentía me incitaba a brincar sobre su miembro.

Empecé a gemir y a moverme más rápido, como si quisiera destrozar su cadera a sentones, ambos nos entregamos completamente y unos minutos después me llenó con su leche espesa, yo me sentí más mujer que nunca, como mi abuelito ya tenía la vasectomía no había problema en que se viniera dentro de mí.

Al terminar me levanté y corrí al baño a enjuagarme, esa tarde cogimos por primera vez, fue de una manera tranquila y sin poder alocarnos, pero cada semana iba a su casa y hacíamos cosas diferentes, él me enseñó a ser una buena mujer y aprendí a complacer a los hombres de muchas maneras, yo siempre fui obediente a sus enseñanzas, cogimos tantas veces que al entrar a la universidad ya era una experta y pude pasarla rico con muchos chicos.

Mi abuelito murió años después y me heredó su casa, ahora estoy felizmente casada y cada año le hago una misa para celebrar su vida y su memoria, mi mamá sigue siendo la misma señora santurrona y persignada de toda la vida, creo que nunca se enteró que cogí muchas veces con su papá, mi hijo mayor se llama Manuel en honor a mi abuelito, el primer hombre en mi vida.

Que tal les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.

(Nota la edad se cambió por el bien de la trama y el perfil)

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u/True_Highway3000 — 2 days ago

Mi marido sedado y mi amante cogiendome en la sala

Veintiséis años. Se dice rápido, pero es media vida entregada a los horarios de otros. A mis 45 años, mi existencia se había convertido en una coreografía sorda: preparar café, lavar uniformes de bus, y esperar. Mis hijos ya habían hecho sus vidas, dejando la casa en un silencio que solo rompían los ronquidos de mi marido cuando volvía de sus rutas interestatales.

Mido 1,55. Siempre he sido "la chiquita" de la familia. A pesar de los dos embarazos, mi cuerpo se mantuvo fiel; mis caderas anchas y mi cintura seguían ahí, pero era como si yo fuera una estatua en un museo que nadie visitaba. Mi marido, con sus 50 años y su barriga de chofer, apenas me miraba. Nuestra vida sexual era un trámite de cinco minutos, a oscuras, con él buscando un alivio rápido con su pequeñez y su falta de ritmo, para luego darse la vuelta, encender un cigarrillo y dejarme a mí con una mezcla de insatisfacción y rabia. Yo sabía que en sus paradas en la carretera buscaba otras cosas; su desinterés por mi cuerpo era demasiado evidente para ser otra cosa que infidelidad.

Pero bueno el nunca fue un hombre de grandes dotes ni de mucha paciencia; sus encuentros siempre eran torpes, breves, con un pene pequeño que apenas lograba despertarme algo antes de que él terminara y se quedara dormido. 

Pero todo cambió un martes cualquiera, en la tienda de Don José, la bodega de mi barrio.Entré buscando algo para la cena, con mi ropa de casa y el pelo recogido, sintiéndome invisible como siempre. Pero ahí estaba él, comprando una bebida fría. Era Pedro.

No necesité que nadie me lo presentara para sentir el impacto. Medía 1,80, sacándome una cabeza y media de ventaja. Tenía la piel curtida, blanquinosa pero manchada por el sol y el polvo de cemento. Su cara no era la de un galán; tenía rasgos duros y una mandíbula tosca, pero su cuerpo era otra historia. No era el músculo inflado de un gimnasio, era la fuerza real de un albañil: hombros anchos, brazos llenos de venas que delataban años de cargar peso y una espalda que ensanchaba su camiseta sudada. Y era mas joven que yo con 32. 

Él se giró y nuestras miradas chocaron. Pedro no bajó la vista. Me recorrió de arriba abajo con un morbo que me hizo sentir un escalofrío. Por primera vez en décadas, alguien me miraba no como "la esposa del chofer", sino como una mujer.

—Permiso, jefa —dijo con una voz ronca que me vibró en los oídos.

Al pasar por mi lado en el pasillo estrecho de la tienda, su brazo rozó el mío. Fue un contacto de apenas un segundo, pero su piel estaba caliente y olía a trabajo, a hombre, a algo salvaje. Me quedé paralizada mirando cómo caminaba hacia la salida. Sus pantalones de trabajo, desgastados, dejaban imaginar un bulto que me hizo perder el aliento por un momento.

Desde ese día, la tienda se convirtió en mi obsesión. Empecé a ir a la hora exacta en que los obreros salían de las construcciones cercanas. Empece con saludos cortos con Pedro, luego bromas pesadas de su parte. Pedro era directo, no tenía los complejos de mi marido ni le interesaban los rodeos. Era soltero, con hijos de otra relación, y tenía esa energía de quien sabe que puede tomar lo que quiera.

Después de ese mes comenzamos a hablar por teléfono y luego de varias semanas de mensajes calientes y de mirarnos como animales en la tienda, tuvimos un encuentro en la obra que fue como una explosión. En esa construcción, rodeada de polvo y ladrillos, Pedro me demostró que yo no era una mujer de 45 años marchita, sino una hembra que necesitaba que la reventaran.

Cuando se sacó la verga, me quedé hipnotizada. Eran 18 centímetros de puro músculo, oscura, peluda en la base y con una curvatura hacia arriba que me hizo salivar de inmediato. Mi marido siempre la tuvo pequeña y flácida, un trámite aburrido; pero lo de Pedro era una herramienta de trabajo, gruesa como mi muñeca y lista para hacerme daño del bueno.

—Mírame bien, chiquita—me dijo con esa voz de lija mientras me agarraba del pelo para que no dejara de ver lo que me iba a meter—. Esto es lo que te ha faltado toda la vida.

Me dio la vuelta y me puso a cuatro patas contra una mesa de madera sin cepillar. Me levantó el culo, dejando mis nalgas anchas expuestas a la luz de la tarde. Cuando me la metió de un solo golpe, sentí que me partía en dos. Su verga era tan gruesa que me estiraba hasta el límite, y esa maldita curva golpeaba cada pared dentro de mi en cada embestida. No era sexo, era una carnicería. Pedro me cogía con la fuerza de un albañil, sin delicadeza, clavándome los dedos en las caderas mientras sus huevos golpeaban contra mi culo con un sonido seco que me volvía loca.

Duró casi una hora dándome contra todo lo que encontraba. Yo no podía parar de gemir. Sentía cómo sus 1,80 de altura me dominaban por completo. En un momento, la presión interna fue tanta que mi cuerpo simplemente colapsó; sentí un calambre que me subió desde las piernas y solté un chorro de líquido que empapó sus muslos y el suelo de cemento. Un orgasmo en toda regla. Me dejó vacía, temblando y suplicando por más.

Desde ese día me volví una maldita adicta. Lo que Pedro tiene entre las piernas era mi droga, mi religión. Cada vez que mi marido salía con el bus hacia otro estado, yo ni siquiera esperaba a que llegara a la siguiente ciudad; ya le estaba mandando mensaje a Pedro. Verlo entrar en mi cuarto, ver cómo sus 1,80 de estatura hacían que el techo pareciera más bajo, me ponía a chorrear al instante.

Luego ver a Pedro desnudo era un espectáculo de fuerza bruta. Su cuerpo blanco, fibroso, resaltaba contra las sábanas que yo solía compartir con el gordo de mi marido. Me encantaba verlo de pie, sudado, con esa vergota pesada, reposando sobre su pierna como una bestia dormida, toda babosa y venosa después de haberme dado durante horas.

Me ponía en posiciones que mi marido ni en sus sueños más locos imaginaría. Me doblaba como si fuera de goma, me agarraba de las caderas con sus manos llenas de callos y me embestía con una rabia que me hacía ver estrellas. Pero lo que me terminaba de quebrar fue que, un hombre me besaba de verdad. Pedro me recorría cada centímetro de piel con la boca, sus labios ásperos bajando por mis tetas pequeñas hasta llegar a mis caderas anchas.

Nunca olvidaré la primera vez que se arrodilló y me chupó la chepa. Fue un hambre salvaje; su lengua buscaba mi centro con una desesperación que me hacía gritar contra la almohada para que los vecinos no escucharan. Me dejó la vulva latiendo, empapada, antes de subir y reclamarme de nuevo. Y cuando yo quise devolverle el favor, fue otro mundo. Le intenté chupar la verga, pero sentí que me iba a asfixiar. Era tan gruesa y larga que mi boca no daba abasto; me dolía la mandíbula de intentar abarcar ese grosor, pero me encantaba el sabor a hombre y a trabajo, sentir esa curvatura golpeando mi paladar mientras él me agarraba la cabeza para guiarme.

Después de tener a un tremendo hombre como ese encima de mí durante horas, me sentía como si me hubiera pasado un camión por encima, pero del placer. Yo me quedaba ahí, tendida, sintiendo mis músculos temblar y el peso de su cuerpo atlético contra el mío, pensando en lo miserable que habían sido mis últimos 26 años.

 Fueron meses de orgasmos salvajes, de squirts que dejaban el colchón para lavar y de una adicción que me tiene enferma.

Pero un dia mi suerte se me pudrió. Mi marido llegó de un viaje y soltó la bomba: "Me dieron quince días de vacaciones, vieja. No me muevo de aquí".

Sentí un balazo en el estómago. Aguantarme yo era una tortura y frenar a Pedro era peligroso. Cada día me mandaba mensajes que me quemaban la chepa, cortos y vulgares, como es él: "¿Todavía sigue ahí el gordo ese?", "Tengo la verga que me explota, ya no aguanto", "Dile a ese hpta que se largue a caminar". Yo intentaba que mi marido saliera, pero el flojo no se despegaba del sofá con su barriga y su peste a cigarrillo.

Pasaron diez días. Diez días hirviendo, chorreando la ropa interior solo de recordar cómo Pedro me agarraba de las nalgas y me clavaba esos 18 centímetros con esa curva que me vuelve loca. Hasta que un dia, Pedro no pudo más. Me mandó una foto de su verga, esa bestia oscura y venosa, y un audio corto que oí con el agua del baño abierta:

—Oye, ya me cansé de esperar —me soltó con esa voz ronca de lija—. Tengo las bolas moradas, llenas de leche, y la picha me salta de las ganas de darte. Esta noche entro a cobrarme estos diez días. Haz que el gordo se duerma o que se muera, pero hoy te voy a abrir las patas y te voy a dejar bien bañada por dentro. Ya voy para allá.

Me quedé temblando. El deseo me ganaba. Vi a mi marido que estaba sentado en el sofa de la sala viendo televisión asi que fui a la cocina y puse a hervir agua para una valeriana, era la excusa perfecta.

—Tómate esto, viejo, te veo cansado y eso te va a ayudar a dormir de un solo tirón —le dije a mi marido sirviéndole la taza.

Pero mientras él no miraba, vacié casi medio frasco de CBD y tres gomitas de melatonina en el agua caliente. Se lo tomó de un trago, quejándose del sabor, pero a los veinte minutos ya arrastraba las palabras. Lo vi irse al cuarto como un zombie, hundiéndose en la cama hasta que los ronquidos empezaron a retumbar en las paredes.

Mi plan era perfecto. Ese hombre no se despertaba ni con un incendio. Saqué el celular con las manos sudadas y le escribí a Pedro:

"Ya quedó como un tronco el gordo. Entra sin hacer ruido, la puerta está sin seguro. Te espero en el mueble sin calzones, tráeme esa verga lista para que me destroces aqui mismo."

Me acerqué a la puerta del dormitorio en puntillas, conteniendo el aliento. El sonido era música para mis oídos: mi marido soltaba unos ronquidos pesados y rítmicos, señales de que el cóctel de valeriana y CBD lo había mandado a otra dimensión. Era un bulto inerte, un estorbo que ya no me importaba.

Regresé a la sala en penumbra. Con las manos temblorosas de pura excitación, me quité la ropa y la dejé tirada en el suelo. Me sentía caliente. Me acomodé en el mueble, poniéndome en cuatro, apoyando los antebrazos en el asiento y empujando mis caderas hacia atrás. Sabía perfectamente que mi culote y mis caderas anchas eran la debilidad de Pedro, y quería que eso fuera lo primero que viera al cruzar el umbral.

A los pocos minutos, escuché el clic suave de la cerradura. La puerta se abrió y entró una ráfaga de aire frío, seguida por la figura imponente de sus 1,80 metros. Pedro no encendió la luz; no la necesitaba. Lo escuché jadear en la oscuridad al ver mi figura blanca resaltando contra el cuero del mueble.

Se deshizo de la ropa con una urgencia que rayaba en la violencia. Escuché el roce de su pantalón cayendo al suelo. Se acercó a mí y, sin decir ni media palabra, me soltó un manazo seco en el culo que retumbó en toda la sala. El ardor me hizo soltar un gemido que tuve que ahogar contra el mueble.

—Te dije que te iba a cobrar cada maldito día, chiquita —gruñó con esa voz de lija.

Me agarró de la cintura con sus manos rudas y, con un movimiento rápido, me giró. Me puso de espaldas sobre el asiento del mueble, con mis piernas colgando y mi chepa totalmente expuesto a él. Pedro se arrodilló entre mis muslos sin perder un segundo.

Sentí su aliento caliente y, de inmediato, su lengua áspera y experta empezó a chuparme la chepa con un hambre desesperada. Me buscaba con una fuerza que me hacía arquear la espalda, succionando y lamiendo como si quisiera beberse toda mi humedad de una sola vez. Yo solo podía echar la cabeza hacia atrás, apretando los dientes para no gritar de placer, sintiendo cómo el riesgo de tener a mi marido a pocos metros hacía que mis jugos corrieran por mis muslos causandome mas placer el mismo placer que me estaba nublando el juicio.

 Senti su lengua ,ruda y desesperada, dándole vueltas a mi clítoris hasta que Pedro se detuvo un momento y se puso de pie, jadeando. En la penumbra, pude ver su silueta imponente y esa vergota moviéndosele de un lado a otro, balanceándose con cada uno de sus respiros como una vara de acero caliente.

—Mírala cómo está... —susurró Pedro—. Está que arde esta chepa.

De repente, sentí un chorro de saliva caliente; Pedro escupió directamente sobre mi, dejándomela completamente babosa, y de inmediato me hundió dos dedos de golpe. Sus dedos, gruesos y llenos de callos, se sentían como lija deliciosa contra mis paredes internas. Empezó a moverlos con un ritmo frenético, entrando y saliendo, revolviendo toda mi humedad con su saliva, mientras con el pulgar me machacaba el botón que me tiene loca.

Yo sentía que me iba a deshacer. La sensación de sus dedos ásperos estirándome, preparándome para lo que venía, me hacía retorcerme en el asiento del mueble. Mis jugos se mezclaban con su baba, creando un sonido húmedo y obsceno que me hacía temblar de miedo de que mi marido lo oyera, pero Pedro no tenía frenos.

Sacó los dedos de golpe y se acercó más. Sentí la punta de su verga, caliente y cabezona, apoyándose en mi entrada. Antes de entrar, empezó a restregármela de arriba abajo, bañando todo el tronco con mi propia humedad. El roce de esa piel venosa y gruesa contra mi chepa me hacía soltar pequeños quejidos que ahogaba mordiéndome la mano. Podía sentir el latido de su verga contra mi piel, la dureza extrema de esos 18 centímetros que estaban a punto de invadirme.

—Ábrete más, que te voy a vaciar estas bolas de una vez —me gruñó.

Me agarró las piernas, subiéndomelas hasta los hombros, y con un empujón seco y brutal, me la hundió por completo.

Sentí un vacío que se llenaba de golpe, una presión que me llegaba hasta el alma. Su grosor me estiraba tanto que sentía que me iba a desgarrar, pero era un dolor placentero, una invasión total. La curvatura hacia arriba golpeó mi punto exacto desde la primera embestida, haciéndome ver chispas de colores en la penumbra de la sala. Tenía a un hombre de verdad llenándome hasta el fondo, mientras el estorbo de mi marido dormía el sueño de los tontos en la habitación de al lado.

El ritmo de Pedro se volvió frenético. Cada vez que su verga de 18 centímetros entraba hasta el fondo, el mueble soltaba un chirrido seco que me ponía los nervios de punta, pero la excitación era tan alta que ya no podía parar. Pedro, empapado en sudor, me agarró de los muslos y me acomodó en posición de misionero, abriéndome de par en par.

Con apenas un hilo de luz filtrándose, pude ver la perfección de su cuerpo de albañil. Sus hombros anchos y sus brazos fibrosos brillaban por el sudor, y con cada embestida, sus músculos se tensaban como cuerdas de acero. Verlo así, con esa potencia física de sus 32 años sobre mis 45, me hacía sentir la mujer más deseada del mundo. La curvatura de su verga me buscaba el fondo en cada golpe, llenándome con ese grosor que me hacía sentir que me iba a explotar.

De pronto, Pedro cambió el ritmo. Se inclinó sobre mí, me clavó esa mirada turbia de pura lujuria y me agarró del cuello con las dos manos. No era para hacerme daño, era para poseerme por completo.

Sentí sus dedos grandes y fuertes rodeándome la garganta, apretando con la medida justa para cortarme el aliento y elevar mi presión. Empezó a penetrarme con una rapidez y una fuerza brutal, como si quisiera dejar su marca en mi cuerpo para siempre. Esa sensación de "ahorcamiento" era deliciosa; sentía que el oxígeno me faltaba justo cuando el placer me llegaba al cerebro. Con cada embestida salvaje de su verga, yo sentía que mis ojos se ponían en blanco mientras sus manos me mantenían firme contra el respaldo del mueble.

—Mírame... —me gruñó, mientras sus músculos se marcaban al máximo en cada empujón—. Mírame mientras te lleno, que para esto me tuviste esperando diez días.

Yo estaba en otro mundo. El contraste entre la falta de aire por sus manos en mi cuello y la plenitud de su verga estirándome por dentro me llevó a un estado de trance. Sentía su sudor goteando sobre mis tetas pequeñas, mientras el sonido de nuestra piel chocando era lo único que se oía por encima de los ronquidos del gordo en el cuarto de al lado.

El ritmo no bajaba, al contrario, Pedro parecía tener una energía inagotable, como si cada minuto de esos diez días de espera se hubiera convertido en pura potencia. Sin dejar de embestirme, me giró de nuevo con una agilidad asombrosa, sentándose él sobre el mueble y jalándome encima. Me acomodó de frente a él, pero de inmediato me alzó una pierna hasta su hombro, obligándome a abrirme de una manera casi obscena.

Desde esa posición, yo tenía la vista perfecta de su torso. El sudor brillaba sobre su pecho y bajaba en hilos por sus abdominales marcados y tensos, perdiéndose justo donde su verga de 18 centímetros desaparecía dentro de mí. Pedro me agarraba de la cintura para que no me escapara mientras subía y bajaba con una fuerza que me hacía jadear. Ver la curvatura de su verga entrando y saliendo de mi cuerpo, bañada en mis jugos y en su sudor, era una de las imagenes más sucia y excitantes que había visto en mi vida.

—Te gusta así, ¿ah? Mira cómo te entra toda —me soltó, mientras sus músculos se estiraban al máximo.

Pero Pedro no se quedó ahí. Bruscamente, me empujó hacia adelante y me giró para ponerme en cuatro sobre el cuero del mueble. Sentí el frío del material en mis rodillas solo por un segundo, porque de inmediato sentí el calor de sus manos dándome manazos secos y violentos en el culo. Mis nalgas anchas vibraban con cada golpe, ardiendome bajo sus dedos de albañil, mientras él volvía a hundir su verga en mí desde atrás. El sonido de nuestra piel chocando era un aplauso húmedo y constante que retumbaba en la sala silenciosa.

Entonces, Pedro me dio el tiro de gracia. Me agarró del pelo con fuerza, enrollando mis mechones largos en su mano, y me jaló hacia atrás con violencia, obligándome a arquear la espalda y sacar el pecho. Quedé totalmente curvada, con el cuello estirado y la pelvis pegada a sus muslos. En esa posición, su verga entraba todavía más profundo, golpeando mi cuello uterino con una precisión que me hacía perder el sentido.

—¡Toda... dámela toda! —alcancé a gemir, mientras sentía cómo él me dominaba por completo, jalándome del pelo para que no pudiera bajar la cabeza mientras me seguía dando verga con una furia animal, cobrándose cada segundo de esos diez días de abstinencia forzada.

Sentía que el cuerpo se me iba a desconectar. Con Pedro jalándome del pelo y curvándome hacia atrás, cada embestida de sus 18 centímetros era como un rayo que me atravesaba desde la pelvis hasta la nuca. La fricción de su verga gruesa y venosa contra mis paredes, sumada a la presión de sus manos rudas, me llevó al límite. Ya no podía más. Empecé a temblar, mis músculos se contrajeron y solté un grito ahogado mientras me corría de una manera violenta, sintiendo cómo mis jugos bañaban su verga por completo.

Pero Pedro sintió mis espasmos y, lejos de detenerse, se volvió loco. Al ver que yo estaba en pleno clímax, me soltó el pelo y me giró bruscamente sobre el mueble, dejándome boca arriba, jadeando. Sin darme tiempo a recuperarme, se arrodilló entre mis piernas y llevó su mano, directo a mi chepa.

—¡Eso es, mi chiquita, así te quería ver! —gruñó, viendome.

Comenzó a masturbarme con una rapidez frenética, moviendo sus dedos expertos sobre mi clítoris con una presión que me hacía arquear la espalda. Estaba empapada, mi propia humedad y la saliva de Pedro hacían que sus dedos resbalaran con un sonido húmedo y obsceno. La velocidad de su mano era increíble; me estaba dando justo donde me gusta, con la fuerza de un hombre que sabe lo que hace.

—¡P-Pedro, no... más, más! —suplicaba yo, agarrándome de sus hombros sudados.

No pasaron ni treinta segundos cuando mi cuerpo volvió a estallar. Me corrí por segunda vez, pero esta vez fue mucho más intenso, un orgasmo largo que me dejó los dedos de los pies encogidos y el pecho subiendo y bajando con desesperación. Mientras tanto, el gordo de mi marido seguía roncando en la habitación, sin tener la menor idea de que el albañil del barrio me estaba haciendo conocer el cielo en su propia sala.

Pedro se detuvo solo para mirarme, con el sudor chorreándole por los abdominales y su verga todavía erguida y palpitante, chorreando gotas de líquido preseminal que caían sobre mis muslos. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

Pedro no me dio ni un respiro. Apenas mis espasmos empezaron a calmarse, me agarró de las caderas y me dio la vuelta como si fuera una muñeca de trapo. Yo tenía las piernas débiles, me temblaban como gelatina por los dos orgasmos seguidos, pero me obligó a ponerme en cuatro sobre el cuero del mueble. Mi chepa estaba hinchada, roja y mil veces más sensible por tanta fricción; sentía el aire frío de la sala dándome justo ahí y me hacía vibrar.

Él no perdió el tiempo. Se acomodó detrás de mí y, antes de entrar, me agarró las dos manos y me las jaló hacia atrás, cruzándomelas sobre la espalda baja como si me estuviera esposando. El estiramiento me hizo sacar el culo todavía más, dejándome totalmente indefensa y abierta para él. Entró de un solo golpe, hundiéndome los 18 centímetros con una saña animal, mientras yo soltaba un quejido de puro placer y dolor.

—¡Así te quería tener, amarradita y bien abierta! —me siseó al oído, con la respiración convertida en un rugido.

El ritmo era brutal. Con mis manos atrapadas en mi espalda, no tenía de dónde agarrarme. Pedro empezó a usar su propia cintura para levantar mis caderas, obligándome a quedar en una posición casi vertical mientras él me embestía con una potencia que hacía que el mueble se desplazara por el piso. Sentía cómo sus bolas cargadas golpeaban mi culo con cada estocada, recordándome que tenía diez días de leche acumulada listos para estallar.

Entonces, para terminar de dominarme, soltó mis manos y usó su palma grande y pesada para aplastarme la cara contra el asiento del sofá. Tenía la mejilla pegada al cuero, sintiendo el olor de la casa mezclado con el sudor de Pedro, mientras él me seguía dando verga desde arriba con una furia que me hacía sentir pequeña, poseída y totalmente suya. Con una mano me hundía la cara en el mueble y con la otra me agarraba de la cintura para levantarme hacia su verga, encontrando el ángulo perfecto para que esa curva me destrozara por dentro.

Yo solo podía emitir sonidos ahogados contra el cojín, sintiendo cómo su verga gruesa me llenaba cada rincón, estirando mi piel al máximo. La adrenalina de estar así, siendo usada como un animal por el albañil mientras mi marido dormía a pocos metros, me llevó a un nivel de excitación que nunca creí posible.

Senti que Pedro que estaba en el límite porque sus músculos vibraban y su respiración era un rugido constante. Justo antes de que la presión estallara, soltó mi cara y mis manos, y con una fuerza asombrosa me giró de nuevo. Me dejó boca arriba, con mis piernas colgando del borde del mueble, y se dejó caer entre mis muslos en posición misionera.

Sus 1,80 de estatura me aplastaron deliciosamente contra el respaldo. Pedro hundió su cara en mi cuello, buscando mi boca con una desesperación salvaje. Mientras nos besábamos, un beso profundo, húmedo y con sabor a nuestra propia lujuria, sentí cómo su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse.

—¡Ahí va... ahí va todo lo que te guardé, chiquita! —gruñó contra mis labios.

Sintió un último empujón profundo, enterrando sus 18 cm hasta el cuello uterino, y entonces se soltó. Sentí los chorros calientes y espesos de su leche, una carga masiva acumulada durante diez días, llenándome por completo, expandiéndome por dentro con cada pulsación de su verga haciendo que vacíe por completo sus bolas en mí mientras yo lo envolvía con mis piernas, apretándolo para no perder ni una gota de su hombría.

Pedro se quedó ahí, aplastándome con sus 80 kilos de músculo y hueso, recuperando el aliento tras el esfuerzo. Me besaba, pero eran besos mordiéndome los labios con una posesividad que me recordaba que él era el dueño de mis orgasmos. No había ternura en sus ojos, solo la satisfacción del animal que acaba de devorar su presa después de diez días de hambre.

Sentía cómo su verga, todavía dentro de mí, empezaba a ablandarse muy lentamente, bañada en toda esa leche espesa que me había inyectado. La sensación de plenitud era absoluta; me sentía usada, abierta y completamente satisfecha. Pedro se separó de mí de golpe, sin decir nada dulce, simplemente disfrutando de la vista de mi cuerpo sudado y mi chepa chorreando sobre el cuero del mueble.

—Así te quería dejar —dijo con un gruñido, limpiándose el sudor de la frente con el brazo—. Bien servida para que mañana no tengas ganas.

Como el hombre con cancha que es, se levantó del mueble con total naturalidad y caminó desnudo por la sala, sin importarle que mi marido estuviera a unos pasos. Lo vi cruzar hacia la cocina y encender la luz; el resplandor que venía del pasillo me permitió verlo vuelta.

Estaba imponente. Sus 1,80 de estatura resaltaban bajo la luz blanca: sus hombros anchos, sus abdominales marcados y su pecho, que estaba completamente rojo y encendido por el roce violento contra mi cuerpo. El sudor le brillaba en la piel como si fuera aceite, y su verga de 18 centímetros, ahora más relajada pero todavía gruesa, se balanceaba pesadamente entre sus piernas mientras buscaba el rollo de papel de cocina.

Regresó hacia mí con el papel en la mano, pero no me lo dio de inmediato. Se quedó de pie, mirándome con una frialdad caliente, disfrutando de cómo me había dejado: abierta de piernas, temblando y con su rastro escurriéndome por los muslos. Se arrodilló entre mis piernas de nuevo y, con un gesto rudo, me metió un dedo hondo en mi chepa babosa para abrirme paso.

—Ya pues, chiquita... —me siseó con esa voz de lija mientras me hurgaba por dentro—. Bota toda esa leche que te metí...

Me obligó a arquearme y yo, obedeciendo como una perra, empecé a pujar con fuerza. Sentí una sensación extraña, una mezcla de alivio y vacío. Pude sentir perfectamente cómo la carga de Pedro, esa leche espesa y caliente que me había metido tras diez días de aguante, empezaba a deslizarse hacia afuera en hilos pesados.

Era tanto el volumen que sentía cómo me llenaba la entrada mientras bajaba por mis nalgas, empapando el cuero del mueble. Con cada pujo, sentía un calorcito viscoso recorriendo mis labios vaginales, una sensación de plenitud que se iba desbordando. Pedro no me quitaba la vista de encima, viendo con orgullo cómo su rastro blanco ensuciaba todo, marcando su territorio antes de irse.

—Eso es... échala toda —gruñó él, mientras usaba el papel para limpiar el exceso con brusquedad, sin ninguna delicadeza, recordándome que esto era solo sexo, pura descarga animal.

Cuando terminé de botar hasta la última gota de esa leche espesa, me sentí vacía, ligera y con el cuerpo latiendo como si tuviera un corazón propio entre las piernas. Pedro se quedó ahí parado, viéndome con esa suficiencia del que sabe que ha hecho un trabajo demoledor. Pero yo no quería que se fuera todavía; mi adicción era tal que, aunque me hubiera reventado, ver su verga ahí, todavía babosa y marcada por el acto, me despertaba un hambre insaciable.

Él ya iba a agarrar el papel para limpiarse, pero yo le detuve la mano. Me quedé acostada en el sofá, con la cabeza al borde, mirando hacia arriba su figura imponente.

—Déjame a mí... —le susurré .

Pedro arqueó una ceja, soltó un gruñido de satisfacción y se quedó de pie, firme como una columna, abriendo un poco las piernas. Yo estiré el cuello y acerqué mi cara a su entrepierna. Tenía esa verga de 18 centímetros justo frente a mis ojos; estaba roja, venosa y cubierta con mis propios jugos y los restos de la leche que acababa de salir de mí.

Sin pensarlo, saqué la lengua y empecé a limpiarlo con la boca. Comencé desde la base, subiendo por todo el tronco, saboreando el sabor fuerte a hombre, a sudor de obra y a nuestra propia suciedad. Me encantaba sentir la textura de su piel caliente contra mis labios mientras él, desde arriba, me agarraba del pelo para mantenerme ahí, disfrutando de cómo le pasaba la lengua por la cabeza de la verga. limpiando cada hendidura con una desesperación que me hacía arder de nuevo.

Era una imagen degradante y deliciosa: yo, una mujer de 45 años, arrodillada mentalmente ante ese animal de 32, lamiendo su verga como si fuera lo más valioso del mundo mientras mi marido dormía al otro lado de la pared. Pedro soltaba suspiros pesados, viendo cómo mi boca intentaba abarcar ese grosor que me seguía haciendo doler la mandíbula.

—Eres una golosa, chiquita... no te cansas nunca —me dijo, dándome un último tirón de pelo antes de apartarme.

Solo cuando lo dejé impecable, brillando bajo la luz de la cocina, sentí que la bestia se relajaba un poco. Pero Pedro no había terminado de humillarme con placer. Antes de guardársela, me agarró con fuerza de la nuca y, con su verga ya media flácida pero todavía gruesa y pesada, comenzó a cogerme la boca. Me la empujaba sin piedad, haciéndome sentir el tronco venoso hasta el fondo de la garganta, obligándome a tragar saliva mientras él disfrutaba del sonido de mi asfixia. Fue solo después de ese último desplante de poder que permití que mi lengua terminara de dejarlo limpio.

Pedro, con una calma que me ponía los pelos de punta, se tiró a sentar en el sofá, así desnudo, con las piernas abiertas y el pecho todavía sudado. Se quedó mirándome con esa sonrisa de medio lado, saboreando el silencio de la casa. Pero de repente, un sonido de movimiento de la cama retumbó desde la habitación de al lado.

Nos quedamos congelados. El corazón me saltó a la garganta y Pedro se quedó inmóvil, como una estatua de mármol, con los ojos clavados en los míos. El silencio fue sepulcral por cinco segundos que parecieron horas... hasta que, finalmente, escuchamos de nuevo el ronquido profundo y pesado de mi marido. Se había dado la vuelta, nada más.

Nos relajamos de golpe, soltando el aire que teníamos contenido. Pero el susto me devolvió a la realidad. Me levanté del sofa con las piernas temblorosas y, con gestos urgentes, le señalé su ropa.

—Ya, Pedro... vístete, por favor. Si se despierta ahora, nos mata —le susurré con urgencia.

Él soltó una risita ronca, nada impresionado, y empezó a ponerse los pantalones con esa parsimonia ruda de quien no le teme a nada. Cuando estuvo listo, caminamos hacia la puerta en penumbra. Antes de salir, me agarró de la barbilla y me dio un beso corto, seco, que sabía a sexo y a posesión.

—Tranquila, chiquita —me siseó al oído mientras abría la puerta—. Ya en unos días se va ese gordo maricón a su ruta, y voy a volver a hacerte mía hasta que te canses. Tenme esa chepa lista.

Salió a la calle sin mirar atrás, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Yo cerré la puerta con llave, me apoyé contra la madera y me deslicé hasta el suelo, sintiendo el vacío en mi chepa y el sabor de él todavía en mis labios, contando los segundos para que mi marido se largara y me dejara otra vez a merced del animal.

Caminé hacia el baño como una sonámbula, con las piernas pesadas y los muslos pegajosos. Al entrar, no encendí la luz para no romper el hechizo. Me metí en la ducha y abrí el agua tibia. En cuanto el chorro me golpeó, el olor a Pedro se levantó con el vapor: ese aroma a sudor fuerte, a piel curtida por el sol y a semen espeso que lo inundaba todo. Empecé a lavarme con los dedos, sintiendo mi chepa hinchada y dolorida; cada roce del jabón me recordaba el grosor de sus 18 centímetros y la saña con la que me había embestido. Me limpié con cuidado, viendo cómo el rastro blanco de su leche se iba por el desagüe, sintiendo una mezcla de alivio y una pena rabiosa por borrar su marca.

Al salir, me sequé rápido y me puse el camisón de siempre, esa prenda aburrida que usaba para ser la "esposa fiel". Entré al dormitorio y me deslicé con cuidado bajo las sábanas. El contraste fue un golpe de realidad asqueroso. Ahí estaba él, mi marido, ocupando medio colchón, hundido en un sueño profundo gracias al CBD y la valeriana.

Sus ronquidos eran constantes, rítmicos y vulgares. Me quedé mirándole la espalda, sintiendo un desprecio que me quemaba las entrañas. Ese hombre, que llevaba 26 años durmiendo a mi lado, no tenía la menor idea de que, a escasos cinco metros, otro hombre me había hecho gritar de una manera que él nunca, ni en sus mejores épocas, había logrado. Me daba asco pensar que él se creía el dueño de esa cama, mientras mi cuerpo todavía estaba caliente por las manos rudas de Pedro y mi cuello todavía sentía la presión de sus dedos cuando me ahorcaba de placer.

Me acomodé de espaldas a él, buscando el frío de la orilla del colchón. Mientras mi marido seguía roncando como un animal anestesiado, yo cerré los ojos y empecé a repasar cada embestida de Pedro, sintiendo cómo mi útero todavía se contraía por el recuerdo. Estaba exhausta, pero con el ego por las nubes: le había robado la noche a mi propia vida mediocre, y mientras el chofer dormía el sueño de los tontos, yo me dormía con el sabor del albañil todavía impregnado en mi memoria.

El plan había salido a la perfección: mi marido se despertó al día siguiente sintiéndose "como nuevo", agradeciéndome por ese té de valeriana que lo había hecho descansar como nunca, sin sospechar ni por un segundo que lo que realmente había bebido era el pase libre para que el albañil me destrozara en su propia cara. Nunca se enteró, ni esa noche ni las cientos de noches que vinieron después.

Mis encuentros con pedro continuaron, salvajes y crudos, cada vez que el camión se perdía en el horizonte. Pedro se convirtió en mi vicio, el hombre que me hacía correr y me dejaba temblando como nadie. Sin embargo, la vida de él seguía su curso fuera de mis sábanas. Durante ese tiempo, Pedro volvió con su exesposa y hasta tuvieron una segunda hija.

Ella, la esposa, vivía en su burbuja de hogar perfecto, sin imaginarse ni por un segundo que su marido seguía escapándose para enterrarme la verga con la misma furia del primer día. Pedro era un experto en la doble vida: era el padre de familia en su casa y el animal que me poseía en la mía.

Pero todo tiene un final. Un día, Pedro llegó con una mirada distinta, más seca de lo normal. Cogimos como nunca, con una desesperación que me dejó marcada la piel y el alma; fue una sesión brutal, donde me hizo de todo, como si supiera que se estaba despidiendo de mi cuerpo. Esa fue la última vez.

Pocos días después, me enteré de que se había marchado. Empacó su vida, a sus dos hijos y a su esposa, y se largó a otro estado en busca de un trabajo mejor y un nuevo comienzo.

Me quedé sola con mi marido, el eterno chofer que sigue roncando a mi lado, ajeno a todo. A veces, en el silencio de la tarde, miro el mueble de la sala y todavía me parece oler el sudor de Pedro y sentir el peso de su cuerpo sobre el mío. Se fue, pero me dejó el recuerdo de haber sido, durante años, la mujer recibia 18 cm de verga dura y venosa mientras el resto del mundo dormía.

Que tal les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.

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u/True_Highway3000 — 2 days ago

Mi marido sedado y mi amante cogiendome en la sala

Veintiséis años. Se dice rápido, pero es media vida entregada a los horarios de otros. A mis 45 años, mi existencia se había convertido en una coreografía sorda: preparar café, lavar uniformes de bus, y esperar. Mis hijos ya habían hecho sus vidas, dejando la casa en un silencio que solo rompían los ronquidos de mi marido cuando volvía de sus rutas interestatales.

Mido 1,55. Siempre he sido "la chiquita" de la familia. A pesar de los dos embarazos, mi cuerpo se mantuvo fiel; mis caderas anchas y mi cintura seguían ahí, pero era como si yo fuera una estatua en un museo que nadie visitaba. Mi marido, con sus 50 años y su barriga de chofer, apenas me miraba. Nuestra vida sexual era un trámite de cinco minutos, a oscuras, con él buscando un alivio rápido con su pequeñez y su falta de ritmo, para luego darse la vuelta, encender un cigarrillo y dejarme a mí con una mezcla de insatisfacción y rabia. Yo sabía que en sus paradas en la carretera buscaba otras cosas; su desinterés por mi cuerpo era demasiado evidente para ser otra cosa que infidelidad.

Pero bueno el nunca fue un hombre de grandes dotes ni de mucha paciencia; sus encuentros siempre eran torpes, breves, con un pene pequeño que apenas lograba despertarme algo antes de que él terminara y se quedara dormido. 

Pero todo cambió un martes cualquiera, en la tienda de Don José, la bodega de mi barrio.Entré buscando algo para la cena, con mi ropa de casa y el pelo recogido, sintiéndome invisible como siempre. Pero ahí estaba él, comprando una bebida fría. Era Pedro.

No necesité que nadie me lo presentara para sentir el impacto. Medía 1,80, sacándome una cabeza y media de ventaja. Tenía la piel curtida, blanquinosa pero manchada por el sol y el polvo de cemento. Su cara no era la de un galán; tenía rasgos duros y una mandíbula tosca, pero su cuerpo era otra historia. No era el músculo inflado de un gimnasio, era la fuerza real de un albañil: hombros anchos, brazos llenos de venas que delataban años de cargar peso y una espalda que ensanchaba su camiseta sudada. Y era mas joven que yo con 32. 

Él se giró y nuestras miradas chocaron. Pedro no bajó la vista. Me recorrió de arriba abajo con un morbo que me hizo sentir un escalofrío. Por primera vez en décadas, alguien me miraba no como "la esposa del chofer", sino como una mujer.

—Permiso, jefa —dijo con una voz ronca que me vibró en los oídos.

Al pasar por mi lado en el pasillo estrecho de la tienda, su brazo rozó el mío. Fue un contacto de apenas un segundo, pero su piel estaba caliente y olía a trabajo, a hombre, a algo salvaje. Me quedé paralizada mirando cómo caminaba hacia la salida. Sus pantalones de trabajo, desgastados, dejaban imaginar un bulto que me hizo perder el aliento por un momento.

Desde ese día, la tienda se convirtió en mi obsesión. Empecé a ir a la hora exacta en que los obreros salían de las construcciones cercanas. Empece con saludos cortos con Pedro, luego bromas pesadas de su parte. Pedro era directo, no tenía los complejos de mi marido ni le interesaban los rodeos. Era soltero, con hijos de otra relación, y tenía esa energía de quien sabe que puede tomar lo que quiera.

Después de ese mes comenzamos a hablar por teléfono y luego de varias semanas de mensajes calientes y de mirarnos como animales en la tienda, tuvimos un encuentro en la obra que fue como una explosión. En esa construcción, rodeada de polvo y ladrillos, Pedro me demostró que yo no era una mujer de 45 años marchita, sino una hembra que necesitaba que la reventaran.

Cuando se sacó la verga, me quedé hipnotizada. Eran 18 centímetros de puro músculo, oscura, peluda en la base y con una curvatura hacia arriba que me hizo salivar de inmediato. Mi marido siempre la tuvo pequeña y flácida, un trámite aburrido; pero lo de Pedro era una herramienta de trabajo, gruesa como mi muñeca y lista para hacerme daño del bueno.

—Mírame bien, chiquita—me dijo con esa voz de lija mientras me agarraba del pelo para que no dejara de ver lo que me iba a meter—. Esto es lo que te ha faltado toda la vida.

Me dio la vuelta y me puso a cuatro patas contra una mesa de madera sin cepillar. Me levantó el culo, dejando mis nalgas anchas expuestas a la luz de la tarde. Cuando me la metió de un solo golpe, sentí que me partía en dos. Su verga era tan gruesa que me estiraba hasta el límite, y esa maldita curva golpeaba cada pared dentro de mi en cada embestida. No era sexo, era una carnicería. Pedro me cogía con la fuerza de un albañil, sin delicadeza, clavándome los dedos en las caderas mientras sus huevos golpeaban contra mi culo con un sonido seco que me volvía loca.

Duró casi una hora dándome contra todo lo que encontraba. Yo no podía parar de gemir. Sentía cómo sus 1,80 de altura me dominaban por completo. En un momento, la presión interna fue tanta que mi cuerpo simplemente colapsó; sentí un calambre que me subió desde las piernas y solté un chorro de líquido que empapó sus muslos y el suelo de cemento. Un orgasmo en toda regla. Me dejó vacía, temblando y suplicando por más.

Desde ese día me volví una maldita adicta. Lo que Pedro tiene entre las piernas era mi droga, mi religión. Cada vez que mi marido salía con el bus hacia otro estado, yo ni siquiera esperaba a que llegara a la siguiente ciudad; ya le estaba mandando mensaje a Pedro. Verlo entrar en mi cuarto, ver cómo sus 1,80 de estatura hacían que el techo pareciera más bajo, me ponía a chorrear al instante.

Luego ver a Pedro desnudo era un espectáculo de fuerza bruta. Su cuerpo blanco, fibroso, resaltaba contra las sábanas que yo solía compartir con el gordo de mi marido. Me encantaba verlo de pie, sudado, con esa vergota pesada, reposando sobre su pierna como una bestia dormida, toda babosa y venosa después de haberme dado durante horas.

Me ponía en posiciones que mi marido ni en sus sueños más locos imaginaría. Me doblaba como si fuera de goma, me agarraba de las caderas con sus manos llenas de callos y me embestía con una rabia que me hacía ver estrellas. Pero lo que me terminaba de quebrar fue que, un hombre me besaba de verdad. Pedro me recorría cada centímetro de piel con la boca, sus labios ásperos bajando por mis tetas pequeñas hasta llegar a mis caderas anchas.

Nunca olvidaré la primera vez que se arrodilló y me chupó la chepa. Fue un hambre salvaje; su lengua buscaba mi centro con una desesperación que me hacía gritar contra la almohada para que los vecinos no escucharan. Me dejó la vulva latiendo, empapada, antes de subir y reclamarme de nuevo. Y cuando yo quise devolverle el favor, fue otro mundo. Le intenté chupar la verga, pero sentí que me iba a asfixiar. Era tan gruesa y larga que mi boca no daba abasto; me dolía la mandíbula de intentar abarcar ese grosor, pero me encantaba el sabor a hombre y a trabajo, sentir esa curvatura golpeando mi paladar mientras él me agarraba la cabeza para guiarme.

Después de tener a un tremendo hombre como ese encima de mí durante horas, me sentía como si me hubiera pasado un camión por encima, pero del placer. Yo me quedaba ahí, tendida, sintiendo mis músculos temblar y el peso de su cuerpo atlético contra el mío, pensando en lo miserable que habían sido mis últimos 26 años.

 Fueron meses de orgasmos salvajes, de squirts que dejaban el colchón para lavar y de una adicción que me tiene enferma.

Pero un dia mi suerte se me pudrió. Mi marido llegó de un viaje y soltó la bomba: "Me dieron quince días de vacaciones, vieja. No me muevo de aquí".

Sentí un balazo en el estómago. Aguantarme yo era una tortura y frenar a Pedro era peligroso. Cada día me mandaba mensajes que me quemaban la chepa, cortos y vulgares, como es él: "¿Todavía sigue ahí el gordo ese?", "Tengo la verga que me explota, ya no aguanto", "Dile a ese hpta que se largue a caminar". Yo intentaba que mi marido saliera, pero el flojo no se despegaba del sofá con su barriga y su peste a cigarrillo.

Pasaron diez días. Diez días hirviendo, chorreando la ropa interior solo de recordar cómo Pedro me agarraba de las nalgas y me clavaba esos 18 centímetros con esa curva que me vuelve loca. Hasta que un dia, Pedro no pudo más. Me mandó una foto de su verga, esa bestia oscura y venosa, y un audio corto que oí con el agua del baño abierta:

—Oye, ya me cansé de esperar —me soltó con esa voz ronca de lija—. Tengo las bolas moradas, llenas de leche, y la picha me salta de las ganas de darte. Esta noche entro a cobrarme estos diez días. Haz que el gordo se duerma o que se muera, pero hoy te voy a abrir las patas y te voy a dejar bien bañada por dentro. Ya voy para allá.

Me quedé temblando. El deseo me ganaba. Vi a mi marido que estaba sentado en el sofa de la sala viendo televisión asi que fui a la cocina y puse a hervir agua para una valeriana, era la excusa perfecta.

—Tómate esto, viejo, te veo cansado y eso te va a ayudar a dormir de un solo tirón —le dije a mi marido sirviéndole la taza.

Pero mientras él no miraba, vacié casi medio frasco de CBD y tres gomitas de melatonina en el agua caliente. Se lo tomó de un trago, quejándose del sabor, pero a los veinte minutos ya arrastraba las palabras. Lo vi irse al cuarto como un zombie, hundiéndose en la cama hasta que los ronquidos empezaron a retumbar en las paredes.

Mi plan era perfecto. Ese hombre no se despertaba ni con un incendio. Saqué el celular con las manos sudadas y le escribí a Pedro:

"Ya quedó como un tronco el gordo. Entra sin hacer ruido, la puerta está sin seguro. Te espero en el mueble sin calzones, tráeme esa verga lista para que me destroces aqui mismo."

Me acerqué a la puerta del dormitorio en puntillas, conteniendo el aliento. El sonido era música para mis oídos: mi marido soltaba unos ronquidos pesados y rítmicos, señales de que el cóctel de valeriana y CBD lo había mandado a otra dimensión. Era un bulto inerte, un estorbo que ya no me importaba.

Regresé a la sala en penumbra. Con las manos temblorosas de pura excitación, me quité la ropa y la dejé tirada en el suelo. Me sentía caliente. Me acomodé en el mueble, poniéndome en cuatro, apoyando los antebrazos en el asiento y empujando mis caderas hacia atrás. Sabía perfectamente que mi culote y mis caderas anchas eran la debilidad de Pedro, y quería que eso fuera lo primero que viera al cruzar el umbral.

A los pocos minutos, escuché el clic suave de la cerradura. La puerta se abrió y entró una ráfaga de aire frío, seguida por la figura imponente de sus 1,80 metros. Pedro no encendió la luz; no la necesitaba. Lo escuché jadear en la oscuridad al ver mi figura blanca resaltando contra el cuero del mueble.

Se deshizo de la ropa con una urgencia que rayaba en la violencia. Escuché el roce de su pantalón cayendo al suelo. Se acercó a mí y, sin decir ni media palabra, me soltó un manazo seco en el culo que retumbó en toda la sala. El ardor me hizo soltar un gemido que tuve que ahogar contra el mueble.

—Te dije que te iba a cobrar cada maldito día, chiquita —gruñó con esa voz de lija.

Me agarró de la cintura con sus manos rudas y, con un movimiento rápido, me giró. Me puso de espaldas sobre el asiento del mueble, con mis piernas colgando y mi chepa totalmente expuesto a él. Pedro se arrodilló entre mis muslos sin perder un segundo.

Sentí su aliento caliente y, de inmediato, su lengua áspera y experta empezó a chuparme la chepa con un hambre desesperada. Me buscaba con una fuerza que me hacía arquear la espalda, succionando y lamiendo como si quisiera beberse toda mi humedad de una sola vez. Yo solo podía echar la cabeza hacia atrás, apretando los dientes para no gritar de placer, sintiendo cómo el riesgo de tener a mi marido a pocos metros hacía que mis jugos corrieran por mis muslos causandome mas placer el mismo placer que me estaba nublando el juicio.

 Senti su lengua ,ruda y desesperada, dándole vueltas a mi clítoris hasta que Pedro se detuvo un momento y se puso de pie, jadeando. En la penumbra, pude ver su silueta imponente y esa vergota moviéndosele de un lado a otro, balanceándose con cada uno de sus respiros como una vara de acero caliente.

—Mírala cómo está... —susurró Pedro—. Está que arde esta chepa.

De repente, sentí un chorro de saliva caliente; Pedro escupió directamente sobre mi, dejándomela completamente babosa, y de inmediato me hundió dos dedos de golpe. Sus dedos, gruesos y llenos de callos, se sentían como lija deliciosa contra mis paredes internas. Empezó a moverlos con un ritmo frenético, entrando y saliendo, revolviendo toda mi humedad con su saliva, mientras con el pulgar me machacaba el botón que me tiene loca.

Yo sentía que me iba a deshacer. La sensación de sus dedos ásperos estirándome, preparándome para lo que venía, me hacía retorcerme en el asiento del mueble. Mis jugos se mezclaban con su baba, creando un sonido húmedo y obsceno que me hacía temblar de miedo de que mi marido lo oyera, pero Pedro no tenía frenos.

Sacó los dedos de golpe y se acercó más. Sentí la punta de su verga, caliente y cabezona, apoyándose en mi entrada. Antes de entrar, empezó a restregármela de arriba abajo, bañando todo el tronco con mi propia humedad. El roce de esa piel venosa y gruesa contra mi chepa me hacía soltar pequeños quejidos que ahogaba mordiéndome la mano. Podía sentir el latido de su verga contra mi piel, la dureza extrema de esos 18 centímetros que estaban a punto de invadirme.

—Ábrete más, que te voy a vaciar estas bolas de una vez —me gruñó.

Me agarró las piernas, subiéndomelas hasta los hombros, y con un empujón seco y brutal, me la hundió por completo.

Sentí un vacío que se llenaba de golpe, una presión que me llegaba hasta el alma. Su grosor me estiraba tanto que sentía que me iba a desgarrar, pero era un dolor placentero, una invasión total. La curvatura hacia arriba golpeó mi punto exacto desde la primera embestida, haciéndome ver chispas de colores en la penumbra de la sala. Tenía a un hombre de verdad llenándome hasta el fondo, mientras el estorbo de mi marido dormía el sueño de los tontos en la habitación de al lado.

El ritmo de Pedro se volvió frenético. Cada vez que su verga de 18 centímetros entraba hasta el fondo, el mueble soltaba un chirrido seco que me ponía los nervios de punta, pero la excitación era tan alta que ya no podía parar. Pedro, empapado en sudor, me agarró de los muslos y me acomodó en posición de misionero, abriéndome de par en par.

Con apenas un hilo de luz filtrándose, pude ver la perfección de su cuerpo de albañil. Sus hombros anchos y sus brazos fibrosos brillaban por el sudor, y con cada embestida, sus músculos se tensaban como cuerdas de acero. Verlo así, con esa potencia física de sus 32 años sobre mis 45, me hacía sentir la mujer más deseada del mundo. La curvatura de su verga me buscaba el fondo en cada golpe, llenándome con ese grosor que me hacía sentir que me iba a explotar.

De pronto, Pedro cambió el ritmo. Se inclinó sobre mí, me clavó esa mirada turbia de pura lujuria y me agarró del cuello con las dos manos. No era para hacerme daño, era para poseerme por completo.

Sentí sus dedos grandes y fuertes rodeándome la garganta, apretando con la medida justa para cortarme el aliento y elevar mi presión. Empezó a penetrarme con una rapidez y una fuerza brutal, como si quisiera dejar su marca en mi cuerpo para siempre. Esa sensación de "ahorcamiento" era deliciosa; sentía que el oxígeno me faltaba justo cuando el placer me llegaba al cerebro. Con cada embestida salvaje de su verga, yo sentía que mis ojos se ponían en blanco mientras sus manos me mantenían firme contra el respaldo del mueble.

—Mírame... —me gruñó, mientras sus músculos se marcaban al máximo en cada empujón—. Mírame mientras te lleno, que para esto me tuviste esperando diez días.

Yo estaba en otro mundo. El contraste entre la falta de aire por sus manos en mi cuello y la plenitud de su verga estirándome por dentro me llevó a un estado de trance. Sentía su sudor goteando sobre mis tetas pequeñas, mientras el sonido de nuestra piel chocando era lo único que se oía por encima de los ronquidos del gordo en el cuarto de al lado.

El ritmo no bajaba, al contrario, Pedro parecía tener una energía inagotable, como si cada minuto de esos diez días de espera se hubiera convertido en pura potencia. Sin dejar de embestirme, me giró de nuevo con una agilidad asombrosa, sentándose él sobre el mueble y jalándome encima. Me acomodó de frente a él, pero de inmediato me alzó una pierna hasta su hombro, obligándome a abrirme de una manera casi obscena.

Desde esa posición, yo tenía la vista perfecta de su torso. El sudor brillaba sobre su pecho y bajaba en hilos por sus abdominales marcados y tensos, perdiéndose justo donde su verga de 18 centímetros desaparecía dentro de mí. Pedro me agarraba de la cintura para que no me escapara mientras subía y bajaba con una fuerza que me hacía jadear. Ver la curvatura de su verga entrando y saliendo de mi cuerpo, bañada en mis jugos y en su sudor, era una de las imagenes más sucia y excitantes que había visto en mi vida.

—Te gusta así, ¿ah? Mira cómo te entra toda —me soltó, mientras sus músculos se estiraban al máximo.

Pero Pedro no se quedó ahí. Bruscamente, me empujó hacia adelante y me giró para ponerme en cuatro sobre el cuero del mueble. Sentí el frío del material en mis rodillas solo por un segundo, porque de inmediato sentí el calor de sus manos dándome manazos secos y violentos en el culo. Mis nalgas anchas vibraban con cada golpe, ardiendome bajo sus dedos de albañil, mientras él volvía a hundir su verga en mí desde atrás. El sonido de nuestra piel chocando era un aplauso húmedo y constante que retumbaba en la sala silenciosa.

Entonces, Pedro me dio el tiro de gracia. Me agarró del pelo con fuerza, enrollando mis mechones largos en su mano, y me jaló hacia atrás con violencia, obligándome a arquear la espalda y sacar el pecho. Quedé totalmente curvada, con el cuello estirado y la pelvis pegada a sus muslos. En esa posición, su verga entraba todavía más profundo, golpeando mi cuello uterino con una precisión que me hacía perder el sentido.

—¡Toda... dámela toda! —alcancé a gemir, mientras sentía cómo él me dominaba por completo, jalándome del pelo para que no pudiera bajar la cabeza mientras me seguía dando verga con una furia animal, cobrándose cada segundo de esos diez días de abstinencia forzada.

Sentía que el cuerpo se me iba a desconectar. Con Pedro jalándome del pelo y curvándome hacia atrás, cada embestida de sus 18 centímetros era como un rayo que me atravesaba desde la pelvis hasta la nuca. La fricción de su verga gruesa y venosa contra mis paredes, sumada a la presión de sus manos rudas, me llevó al límite. Ya no podía más. Empecé a temblar, mis músculos se contrajeron y solté un grito ahogado mientras me corría de una manera violenta, sintiendo cómo mis jugos bañaban su verga por completo.

Pero Pedro sintió mis espasmos y, lejos de detenerse, se volvió loco. Al ver que yo estaba en pleno clímax, me soltó el pelo y me giró bruscamente sobre el mueble, dejándome boca arriba, jadeando. Sin darme tiempo a recuperarme, se arrodilló entre mis piernas y llevó su mano, directo a mi chepa.

—¡Eso es, mi chiquita, así te quería ver! —gruñó, viendome.

Comenzó a masturbarme con una rapidez frenética, moviendo sus dedos expertos sobre mi clítoris con una presión que me hacía arquear la espalda. Estaba empapada, mi propia humedad y la saliva de Pedro hacían que sus dedos resbalaran con un sonido húmedo y obsceno. La velocidad de su mano era increíble; me estaba dando justo donde me gusta, con la fuerza de un hombre que sabe lo que hace.

—¡P-Pedro, no... más, más! —suplicaba yo, agarrándome de sus hombros sudados.

No pasaron ni treinta segundos cuando mi cuerpo volvió a estallar. Me corrí por segunda vez, pero esta vez fue mucho más intenso, un orgasmo largo que me dejó los dedos de los pies encogidos y el pecho subiendo y bajando con desesperación. Mientras tanto, el gordo de mi marido seguía roncando en la habitación, sin tener la menor idea de que el albañil del barrio me estaba haciendo conocer el cielo en su propia sala.

Pedro se detuvo solo para mirarme, con el sudor chorreándole por los abdominales y su verga todavía erguida y palpitante, chorreando gotas de líquido preseminal que caían sobre mis muslos. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

Pedro no me dio ni un respiro. Apenas mis espasmos empezaron a calmarse, me agarró de las caderas y me dio la vuelta como si fuera una muñeca de trapo. Yo tenía las piernas débiles, me temblaban como gelatina por los dos orgasmos seguidos, pero me obligó a ponerme en cuatro sobre el cuero del mueble. Mi chepa estaba hinchada, roja y mil veces más sensible por tanta fricción; sentía el aire frío de la sala dándome justo ahí y me hacía vibrar.

Él no perdió el tiempo. Se acomodó detrás de mí y, antes de entrar, me agarró las dos manos y me las jaló hacia atrás, cruzándomelas sobre la espalda baja como si me estuviera esposando. El estiramiento me hizo sacar el culo todavía más, dejándome totalmente indefensa y abierta para él. Entró de un solo golpe, hundiéndome los 18 centímetros con una saña animal, mientras yo soltaba un quejido de puro placer y dolor.

—¡Así te quería tener, amarradita y bien abierta! —me siseó al oído, con la respiración convertida en un rugido.

El ritmo era brutal. Con mis manos atrapadas en mi espalda, no tenía de dónde agarrarme. Pedro empezó a usar su propia cintura para levantar mis caderas, obligándome a quedar en una posición casi vertical mientras él me embestía con una potencia que hacía que el mueble se desplazara por el piso. Sentía cómo sus bolas cargadas golpeaban mi culo con cada estocada, recordándome que tenía diez días de leche acumulada listos para estallar.

Entonces, para terminar de dominarme, soltó mis manos y usó su palma grande y pesada para aplastarme la cara contra el asiento del sofá. Tenía la mejilla pegada al cuero, sintiendo el olor de la casa mezclado con el sudor de Pedro, mientras él me seguía dando verga desde arriba con una furia que me hacía sentir pequeña, poseída y totalmente suya. Con una mano me hundía la cara en el mueble y con la otra me agarraba de la cintura para levantarme hacia su verga, encontrando el ángulo perfecto para que esa curva me destrozara por dentro.

Yo solo podía emitir sonidos ahogados contra el cojín, sintiendo cómo su verga gruesa me llenaba cada rincón, estirando mi piel al máximo. La adrenalina de estar así, siendo usada como un animal por el albañil mientras mi marido dormía a pocos metros, me llevó a un nivel de excitación que nunca creí posible.

Senti que Pedro que estaba en el límite porque sus músculos vibraban y su respiración era un rugido constante. Justo antes de que la presión estallara, soltó mi cara y mis manos, y con una fuerza asombrosa me giró de nuevo. Me dejó boca arriba, con mis piernas colgando del borde del mueble, y se dejó caer entre mis muslos en posición misionera.

Sus 1,80 de estatura me aplastaron deliciosamente contra el respaldo. Pedro hundió su cara en mi cuello, buscando mi boca con una desesperación salvaje. Mientras nos besábamos, un beso profundo, húmedo y con sabor a nuestra propia lujuria, sentí cómo su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse.

—¡Ahí va... ahí va todo lo que te guardé, chiquita! —gruñó contra mis labios.

Sintió un último empujón profundo, enterrando sus 18 cm hasta el cuello uterino, y entonces se soltó. Sentí los chorros calientes y espesos de su leche, una carga masiva acumulada durante diez días, llenándome por completo, expandiéndome por dentro con cada pulsación de su verga haciendo que vacíe por completo sus bolas en mí mientras yo lo envolvía con mis piernas, apretándolo para no perder ni una gota de su hombría.

Pedro se quedó ahí, aplastándome con sus 80 kilos de músculo y hueso, recuperando el aliento tras el esfuerzo. Me besaba, pero eran besos mordiéndome los labios con una posesividad que me recordaba que él era el dueño de mis orgasmos. No había ternura en sus ojos, solo la satisfacción del animal que acaba de devorar su presa después de diez días de hambre.

Sentía cómo su verga, todavía dentro de mí, empezaba a ablandarse muy lentamente, bañada en toda esa leche espesa que me había inyectado. La sensación de plenitud era absoluta; me sentía usada, abierta y completamente satisfecha. Pedro se separó de mí de golpe, sin decir nada dulce, simplemente disfrutando de la vista de mi cuerpo sudado y mi chepa chorreando sobre el cuero del mueble.

—Así te quería dejar —dijo con un gruñido, limpiándose el sudor de la frente con el brazo—. Bien servida para que mañana no tengas ganas.

Como el hombre con cancha que es, se levantó del mueble con total naturalidad y caminó desnudo por la sala, sin importarle que mi marido estuviera a unos pasos. Lo vi cruzar hacia la cocina y encender la luz; el resplandor que venía del pasillo me permitió verlo vuelta.

Estaba imponente. Sus 1,80 de estatura resaltaban bajo la luz blanca: sus hombros anchos, sus abdominales marcados y su pecho, que estaba completamente rojo y encendido por el roce violento contra mi cuerpo. El sudor le brillaba en la piel como si fuera aceite, y su verga de 18 centímetros, ahora más relajada pero todavía gruesa, se balanceaba pesadamente entre sus piernas mientras buscaba el rollo de papel de cocina.

Regresó hacia mí con el papel en la mano, pero no me lo dio de inmediato. Se quedó de pie, mirándome con una frialdad caliente, disfrutando de cómo me había dejado: abierta de piernas, temblando y con su rastro escurriéndome por los muslos. Se arrodilló entre mis piernas de nuevo y, con un gesto rudo, me metió un dedo hondo en mi chepa babosa para abrirme paso.

—Ya pues, chiquita... —me siseó con esa voz de lija mientras me hurgaba por dentro—. Bota toda esa leche que te metí...

Me obligó a arquearme y yo, obedeciendo como una perra, empecé a pujar con fuerza. Sentí una sensación extraña, una mezcla de alivio y vacío. Pude sentir perfectamente cómo la carga de Pedro, esa leche espesa y caliente que me había metido tras diez días de aguante, empezaba a deslizarse hacia afuera en hilos pesados.

Era tanto el volumen que sentía cómo me llenaba la entrada mientras bajaba por mis nalgas, empapando el cuero del mueble. Con cada pujo, sentía un calorcito viscoso recorriendo mis labios vaginales, una sensación de plenitud que se iba desbordando. Pedro no me quitaba la vista de encima, viendo con orgullo cómo su rastro blanco ensuciaba todo, marcando su territorio antes de irse.

—Eso es... échala toda —gruñó él, mientras usaba el papel para limpiar el exceso con brusquedad, sin ninguna delicadeza, recordándome que esto era solo sexo, pura descarga animal.

Cuando terminé de botar hasta la última gota de esa leche espesa, me sentí vacía, ligera y con el cuerpo latiendo como si tuviera un corazón propio entre las piernas. Pedro se quedó ahí parado, viéndome con esa suficiencia del que sabe que ha hecho un trabajo demoledor. Pero yo no quería que se fuera todavía; mi adicción era tal que, aunque me hubiera reventado, ver su verga ahí, todavía babosa y marcada por el acto, me despertaba un hambre insaciable.

Él ya iba a agarrar el papel para limpiarse, pero yo le detuve la mano. Me quedé acostada en el sofá, con la cabeza al borde, mirando hacia arriba su figura imponente.

—Déjame a mí... —le susurré .

Pedro arqueó una ceja, soltó un gruñido de satisfacción y se quedó de pie, firme como una columna, abriendo un poco las piernas. Yo estiré el cuello y acerqué mi cara a su entrepierna. Tenía esa verga de 18 centímetros justo frente a mis ojos; estaba roja, venosa y cubierta con mis propios jugos y los restos de la leche que acababa de salir de mí.

Sin pensarlo, saqué la lengua y empecé a limpiarlo con la boca. Comencé desde la base, subiendo por todo el tronco, saboreando el sabor fuerte a hombre, a sudor de obra y a nuestra propia suciedad. Me encantaba sentir la textura de su piel caliente contra mis labios mientras él, desde arriba, me agarraba del pelo para mantenerme ahí, disfrutando de cómo le pasaba la lengua por la cabeza de la verga. limpiando cada hendidura con una desesperación que me hacía arder de nuevo.

Era una imagen degradante y deliciosa: yo, una mujer de 45 años, arrodillada mentalmente ante ese animal de 32, lamiendo su verga como si fuera lo más valioso del mundo mientras mi marido dormía al otro lado de la pared. Pedro soltaba suspiros pesados, viendo cómo mi boca intentaba abarcar ese grosor que me seguía haciendo doler la mandíbula.

—Eres una golosa, chiquita... no te cansas nunca —me dijo, dándome un último tirón de pelo antes de apartarme.

Solo cuando lo dejé impecable, brillando bajo la luz de la cocina, sentí que la bestia se relajaba un poco. Pero Pedro no había terminado de humillarme con placer. Antes de guardársela, me agarró con fuerza de la nuca y, con su verga ya media flácida pero todavía gruesa y pesada, comenzó a cogerme la boca. Me la empujaba sin piedad, haciéndome sentir el tronco venoso hasta el fondo de la garganta, obligándome a tragar saliva mientras él disfrutaba del sonido de mi asfixia. Fue solo después de ese último desplante de poder que permití que mi lengua terminara de dejarlo limpio.

Pedro, con una calma que me ponía los pelos de punta, se tiró a sentar en el sofá, así desnudo, con las piernas abiertas y el pecho todavía sudado. Se quedó mirándome con esa sonrisa de medio lado, saboreando el silencio de la casa. Pero de repente, un sonido de movimiento de la cama retumbó desde la habitación de al lado.

Nos quedamos congelados. El corazón me saltó a la garganta y Pedro se quedó inmóvil, como una estatua de mármol, con los ojos clavados en los míos. El silencio fue sepulcral por cinco segundos que parecieron horas... hasta que, finalmente, escuchamos de nuevo el ronquido profundo y pesado de mi marido. Se había dado la vuelta, nada más.

Nos relajamos de golpe, soltando el aire que teníamos contenido. Pero el susto me devolvió a la realidad. Me levanté del sofa con las piernas temblorosas y, con gestos urgentes, le señalé su ropa.

—Ya, Pedro... vístete, por favor. Si se despierta ahora, nos mata —le susurré con urgencia.

Él soltó una risita ronca, nada impresionado, y empezó a ponerse los pantalones con esa parsimonia ruda de quien no le teme a nada. Cuando estuvo listo, caminamos hacia la puerta en penumbra. Antes de salir, me agarró de la barbilla y me dio un beso corto, seco, que sabía a sexo y a posesión.

—Tranquila, chiquita —me siseó al oído mientras abría la puerta—. Ya en unos días se va ese gordo maricón a su ruta, y voy a volver a hacerte mía hasta que te canses. Tenme esa chepa lista.

Salió a la calle sin mirar atrás, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Yo cerré la puerta con llave, me apoyé contra la madera y me deslicé hasta el suelo, sintiendo el vacío en mi chepa y el sabor de él todavía en mis labios, contando los segundos para que mi marido se largara y me dejara otra vez a merced del animal.

Caminé hacia el baño como una sonámbula, con las piernas pesadas y los muslos pegajosos. Al entrar, no encendí la luz para no romper el hechizo. Me metí en la ducha y abrí el agua tibia. En cuanto el chorro me golpeó, el olor a Pedro se levantó con el vapor: ese aroma a sudor fuerte, a piel curtida por el sol y a semen espeso que lo inundaba todo. Empecé a lavarme con los dedos, sintiendo mi chepa hinchada y dolorida; cada roce del jabón me recordaba el grosor de sus 18 centímetros y la saña con la que me había embestido. Me limpié con cuidado, viendo cómo el rastro blanco de su leche se iba por el desagüe, sintiendo una mezcla de alivio y una pena rabiosa por borrar su marca.

Al salir, me sequé rápido y me puse el camisón de siempre, esa prenda aburrida que usaba para ser la "esposa fiel". Entré al dormitorio y me deslicé con cuidado bajo las sábanas. El contraste fue un golpe de realidad asqueroso. Ahí estaba él, mi marido, ocupando medio colchón, hundido en un sueño profundo gracias al CBD y la valeriana.

Sus ronquidos eran constantes, rítmicos y vulgares. Me quedé mirándole la espalda, sintiendo un desprecio que me quemaba las entrañas. Ese hombre, que llevaba 26 años durmiendo a mi lado, no tenía la menor idea de que, a escasos cinco metros, otro hombre me había hecho gritar de una manera que él nunca, ni en sus mejores épocas, había logrado. Me daba asco pensar que él se creía el dueño de esa cama, mientras mi cuerpo todavía estaba caliente por las manos rudas de Pedro y mi cuello todavía sentía la presión de sus dedos cuando me ahorcaba de placer.

Me acomodé de espaldas a él, buscando el frío de la orilla del colchón. Mientras mi marido seguía roncando como un animal anestesiado, yo cerré los ojos y empecé a repasar cada embestida de Pedro, sintiendo cómo mi útero todavía se contraía por el recuerdo. Estaba exhausta, pero con el ego por las nubes: le había robado la noche a mi propia vida mediocre, y mientras el chofer dormía el sueño de los tontos, yo me dormía con el sabor del albañil todavía impregnado en mi memoria.

El plan había salido a la perfección: mi marido se despertó al día siguiente sintiéndose "como nuevo", agradeciéndome por ese té de valeriana que lo había hecho descansar como nunca, sin sospechar ni por un segundo que lo que realmente había bebido era el pase libre para que el albañil me destrozara en su propia cara. Nunca se enteró, ni esa noche ni las cientos de noches que vinieron después.

Mis encuentros con pedro continuaron, salvajes y crudos, cada vez que el camión se perdía en el horizonte. Pedro se convirtió en mi vicio, el hombre que me hacía correr y me dejaba temblando como nadie. Sin embargo, la vida de él seguía su curso fuera de mis sábanas. Durante ese tiempo, Pedro volvió con su exesposa y hasta tuvieron una segunda hija.

Ella, la esposa, vivía en su burbuja de hogar perfecto, sin imaginarse ni por un segundo que su marido seguía escapándose para enterrarme la verga con la misma furia del primer día. Pedro era un experto en la doble vida: era el padre de familia en su casa y el animal que me poseía en la mía.

Pero todo tiene un final. Un día, Pedro llegó con una mirada distinta, más seca de lo normal. Cogimos como nunca, con una desesperación que me dejó marcada la piel y el alma; fue una sesión brutal, donde me hizo de todo, como si supiera que se estaba despidiendo de mi cuerpo. Esa fue la última vez.

Pocos días después, me enteré de que se había marchado. Empacó su vida, a sus dos hijos y a su esposa, y se largó a otro estado en busca de un trabajo mejor y un nuevo comienzo.

Me quedé sola con mi marido, el eterno chofer que sigue roncando a mi lado, ajeno a todo. A veces, en el silencio de la tarde, miro el mueble de la sala y todavía me parece oler el sudor de Pedro y sentir el peso de su cuerpo sobre el mío. Se fue, pero me dejó el recuerdo de haber sido, durante años, la mujer recibia 18 cm de verga dura y venosa mientras el resto del mundo dormía.

Que tal les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.

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u/True_Highway3000 — 2 days ago